Mostrando entradas con la etiqueta Cronicas Viajeras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cronicas Viajeras. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de abril de 2008

Papua Occidental (y II)


En el mercado de Wamena, encontramos a las mujeres y a los niños papúes. A ellas tan solo una pequeña faldilla de hojas de palma cubre su desnudez. Como ocurre con casi todos los pueblos y sociedades indígenas las mujeres llevan el peso de la familia y acuden todos los días de los poblados cercanos a vender los magros productos que les dan sus tierras. Como todo mercado que se precie, éste no es sólo el punto de trueque de mercancías, sino que es un lugar de encuentro, donde las mujeres hablan, ríen y sobre todo, fuman. Sí, las mujeres papúes son tanto o más fumadoras que los hombres. Continuamente están encendiendo “puros” de hojas, no importa el tipo de planta de la que proceda, ni que esté seca o verde. Toda hoja es susceptible de ser fumada y disfrutada. Algunas de ellas llevan la cara pintada con barro amarillento en señal de luto y otras tienen algunos de sus dedos amputados como muestra de dolor por la muerte de un ser querido.

Desde aquí se pueden realizar varios trekking con diferente duración. Debido a la complejidad orográfica de la zona y la nula señalización de las rutas es necesario contratar los servicios de un guía y algún porteador que sepan moverse por estos senderos tan inestables y empinados. Yo como tampoco tenía intención de sufrir más de lo necesario para disfrutar de unos paisajes increíbles decidí hacer el más corto, de tres días. Los hay de muchos más días pero están pensados para gente muy aficionada al senderismo o a estudiosos que buscan tribus poco contactadas. Nos esperaban angostos valles con paredes casi infranqueables, profundos cañones y un clima lluvioso y húmedo que supuso una prueba de fuego para la electrónica de nuestras máquina de fotos. Durante los días que pasamos en el valle del río Baliem visitamos varios poblados situados a algunas horas andando de Wamena. Cruzando varios ríos de aguas salvajes, por los aparentemente poco seguros puentes de madera y lianas, llegando a lugares como Tagma o Ibiroma enclavados en el fondo de abruptos valles o en lo alto de frondosas montañas. En estos poblados, de unas pocas chozas con su correspondiente choza-cocina al lado y una casa comunal que hace las veces de escuela e iglesia, la única presencia extraña, aparte de nosotros, eran algunas misioneras protestantes indonesias que hacían las veces de maestras y enfermeras.
Nuestra llegada a los poblados, el más grande de los cuales no sobrepasaría la cincuentena de habitantes, era celebrada con risas y muestras de curiosidad hacía, sobretodo, nuestra piel clara y nuestro pelo, nuestro abundante pelo en lugares tan “extraños” como el pecho o los brazos. Los niños se encargaban del resto. Nos enseñaban los saludos en su idioma y nosotros en el nuestro. Hola (nayak), gracias (ua), amigo (nagalak), adiós (yogo), bonito (anomatok) y el más curioso de todos: los danis cuando desde un alto ven un paisaje espectacular utilizan un onomatopéyico “ooo”, como si de un sonido de asombro se tratara.

Antes de llegar a un poblado nuestros porteadores entonaban unos canticos para advertir de nuestra llegada. Más tarde me enteré de que se trataba de una manera de pedir permiso para poder hacer noche allí. Dormíamos en una de las cabañas que hacía las veces de dispensario, punto de reunión e improvisada pensión de ocasionales visitas. La cena, al contrario que la comida, que se hacía de manera frugal, era abundante en verduras, arroz y unos exquisitos y enormes cangrejos de rio. Curiosamente la cena era preparada por los hombres ya que las mujeres, muy risueñas y nada vergonzosas, al llegar la oscura y fría noche se retiraban junto con los niños. En ocasiones especiales los papúes cocinan cerdo. Nosotros decidimos probar este manjar y así aprender la manera de cocinar tradicional. Primero vimos como encienden el fuego y debía ser muy parecido a como la hacía el hombre de neandertal. En un agujero calientan piedras y después introducen el cerdo previamente vaciado de vísceras y abierto en canal. Lo cubren con las piedras y con hojas de bananero y lo dejan cocer durante unas horas. El resultado es excelente…
A ambos lados de los estrechos senderos, algunos extremadamente cuidados y adornados, que unen los desperdigados poblados, las mujeres papúes intentan sacar el máximo partido a estas abruptas tierras realizando cultivos de batatas y ñame en las empinadas laderas ayudándose, únicamente, por un simple palo excavador llamado “koa”. Por su parte, los hombres antaño practicaban la caza con arco o segem, sobretodo de pájaros para los que tenían flechas especiales o suap, pero hoy en día su masiva caza ha provocado que especies tan llamativas como el Pájaro del Paraíso sólo pueda avistarse en los más inaccesibles valles de remotas regiones. Hoy e
n día se pasan las horas deambulando cortando aquí y allá florecillas que se colocan en el pelo, en la nariz y en la koteka, ya que son muy aficionados a adornarse con flores, no en vano a algunas tribus los llaman los “Hombres Flor”.
También van casi siempre acompañados por sus preciados cerdos. El cerdo es el símbolo de riqueza para estos pueblos. Cuantos más tengas, más rico eres. Por ejemplo, un muchacho que quiera casarse con una joven debe entregar al padre de ésta cuatro cerdos, que suben a ocho si la muchacha cortejada es albina. Para este pueblo, al contrario que pasa en otros lugares, el albinismo es un símbolo de distinción.
Pese a este exuberante e increíble decorado se puede apreciar una terrible realidad no ajena al visitante. Las costumbres y la forma de vida de estos pueblos y, lo que aún es más grave, incluso ellos mismos están desapareciendo poco a poco. Algunos años después de que Holanda cediera parte de la isla a Indonesia a comienzos de la década de los sesenta, el gobierno del dictador Sukarno puso en marcha el programa de “transmigración” hoy felizmente abolido. Este programa, denunciado por numerosas organizaciones de defensa de los pueblos indígenas como Survival International, consistía en enviar gentes, con atrayentes ayudas, de la superpoblada Java a otras islas del país más “atrasadas” para intentar llevar la civilización de la Gran Indonesia a estos pueblos “salvajes”. Desgraciadamente esto supuso la muerte de numerosos indígenas por enfermedades y, lo que es más terrible, sobre todo por la feroz represión del ejército indonesio, llegándose hasta el extremo de obligar a los indígena
s a vestirse bajo pena de graves castigos. A los nuevos colonizadores el gobierno indonesio les ofreció un trozo de tierra de cultivo, lo que ha supuesto, al cabo de varias décadas, la rápida deforestación de la tercera más forestal del planeta y uno de los bosques más antiguos y diversos de la Tierra, así como la erosión del terreno y la muerte de numerosos ríos por los residuos producidos por las masivas explotaciones mineras. Además, los javaneses copan los cargos públicos de mayor responsabilidad y con mejores sueldos, relegando a las papúes a un segundo plano y destinados a ser, como ocurre con casi todos los pueblos indígenas, simple mano de obra barata.
Afortunadamente, y cuando parecía que estos pueblos estaban condenados a una muerte segura, llegó el denostado turismo y las autoridades indonesias vieron que el modo de vida auténtico de estos “salvajes” atraía a turistas de todo el mundo proporcionando una fuerte e importante entrada de divisas. Por una vez parece que el turismo servirá, increíblemente, para salvar las costumbres de estos pueblos.
Otro de los peligros con que tienen que enfrentarse los pueblos indígenas de Papúa Occidental, y contra los que ni siquiera el turismo puede luchar, es la extensión de las actividades mineras y madereras, a las que los papúes se están oponiendo decididamente. Esta oposición ha ocasionado una sangrienta represión por parte del gobierno indonesio, que ha provocado las denuncias de múltiples organizaciones ya que los asesinatos de papúes inocentes se cuentan por miles. Todo empezó hace varias décadas cuando comenzó la explotación los subsuelos ricos en oro y cobre de la montaña Grasberg por la compañía norteamericana Freeport McMoran creando la mayor mina a cielo abierto del mundo y provocando una destrucción del terreno sin parangón en el mundo. Desde entonces los asesinatos de los AmungMe no han cesado. La población local culpa de estas muertes al ejército indonesio y a los guardas de seguridad de la compañía mi
nera. Además, los supuestos beneficios y compensaciones que debían recibir las tribus afectadas o han sido irrisorios o simplemente no se han recibido, lo que ha obligado a la mayoría de la población a emigrar lejos de sus ancestrales tierras cambiando radicalmente su modo de vida ya que muchos de sus ríos han sido contaminados por miles de residuos mineros. Continuamente se están produciendo levantamientos, cada vez más fuertes, lo que ha provocado una fuerte respuesta de las fuerzas de seguridad de la empresa. Estas revueltas son producto, sin duda, del rencor acumulado en las últimas décadas contra los responsables de la misma por la ocupación ilegal y el continuo abuso de los Derechos Humanos a los que se han visto sometidos los indígenas de las zonas afectadas. Para los AmungMe se trata de montañas sagradas.
El gobierno indonesio ha prohibido, en numerosas ocasiones, el acceso de extranjeros en toda la isla como consecuencia de los fuertes disturbios entre los indígenas y el ejército.
En fin, aunque en los alrededores de Wamena se den espectáculos de papúes que enseñan momias de antepasados y representan escenas guerreras para los turistas como si de una película se tratase, basta alejarse unas horas a pie por los diversos valles y montañas para toparse con gentes que viven como vivía el ser humano hace miles de años.


Toda una clase de antropología viva.

lunes, 14 de abril de 2008

Papua Occidental (I)


En Papúa Occidental, situada en la parte oeste de la isla de Nueva Guinea, y hasta hace poco conocida como Irian Jaya, se encuentra uno de los pueblos más atrasados de la Tierra: los Papúes. Allí se calcula que viven unos 2,2 millones de personas repartidas en unas 312 tribus diferentes, étnicamente muy separadas del resto de los indonesios, algunas jamás contactadas y pese a que sólo el 0,01% de la población mundial vive allí, se hablan más del 15%, unas 260, de las lenguas conocidas.
Desde el comienzo del vuelo sobre esta asombrosa isla, una fuerza invisible mantenía mi cara pegada a la ventanilla. No podía dejar de mirar hacia abajo, no podía dejar de admirar la impenetrable alfombra verde, la mítica jungla del sudeste asiático que tantas veces había visto en libros, revistas y, sobretodo, en películas en blanco y negro de los años 40. Hacía tan sólo unos minutos que habíamos dejado la capital de la isla, Jayapura, y nos dirigíamos a Wamena, el único asentamiento humano importante en la zona central de este extenso territorio.
Mientras seguía hipnotizado por ese verdor salvaje que parecía no tener fin, no dejaba de pensar en lo que me iba a encontrar allá abajo. Según la mayoría de los libros que había devorado en los últimos meses, aunque en esos momentos tan sólo nos separaban dos o tres mil metros del suelo, en realidad eran varios miles, o millones de años. Volaba hacia la Edad de Piedra y estaba a punto de aterrizar en un lugar donde recibiría una clase magistral de antropología humana. Pero también volaba hacia un mundo lleno de tópicos y hacia uno de los últimos reductos del canibalismo. En el fondo no me creía que, en pleno siglo XXI existieran seres humanos que, aunque en contacto desde hace años con el “civilizado” hombre blanco, sobrevivieran sin apenas haber cambiado su modo de vida en los últimos milenios.
La isla de Nueva Guinea, segunda en extensión del mundo y a la que dio nombre el navegante español Yñigo Ortiz de Retez, fue arbitrariamente dividida por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. La mitad oriental formó el país independiente de Papúa-Nueva Guinea, mientras que la otra mitad occidental fue absurdamente cedida por Holanda y la ONU a la recién nacida Indonesia. Esta remota región, está habitada por numerosos pueblos indígenas que, por su situación geográfica, comparten con sus hermanos de la vecina Australia los mismos rasgos aborígenes. Los Lani, Dani, Yali, Komoro, Ekari, AmungMe o los Asmat, más al sur y artesanos de la madera famosos en el mundo por sus escudos guerreros, apenas han evolucionado desde la Edad de Piedra y perderse por sus montañas, bosques y junglas es adentrarse en otra época y en otra forma ancestral de entender y disfrutar de la vida.
Para la mayoría de nosotros, los pueblos que habitan esta recóndita parte del mundo son inmediatamente asociados al canibalismo. Aunque, oficialmente, los hoy pacíficos agricultores no practican desde hace dos décadas el canibalismo ritual, nadie duda que éste pueda seguir teniendo lugar en algunos poblados perdidos en medio de las casi inexploradas montañas; por ello no es difícil encontrar algún anciano que muy a regañadientes confiese haber practicado la antropofagia con los enemigos vencidos. No obstante, pese a estos “morbosos” antecedentes, pronto podremos comprobar la amabilidad, la inocencia, la ingenuidad y la curiosidad que tienen los papúes, sobre todo, los ancianos y los niños.
La montañosa región central de la isla, hacia la que nos dirigimos, tiene cumbres de más de 4500 metros, perpetuamente cubiertas de nieve, y esconde entre sus continuas brumas exuberantes, abruptos valles surcados por impetuosos y caudalosos ríos.
Una vez subido en el destartalado avión turbohélice que nos iba a llevar desde Jayapura, al norte de la isla, a la prehistoria ya pude comprobar que aquel viaje sería diferente. Mis compañeros de viaje eran media docena de turistas, otros tantos papúes y una enorme bobina de alambre de espino que ocupaba más de media cabina y que amenazaba con arroyarnos en cada vaivén del avión. Era la primera vez que hacía un vuelo en el que de haber azafatas hubieran atendido más a la carga que a los pasajeros. Por fin aterrizamos en el pequeño y destartalado aeródromo de Wamena capital de esta zona y punto de encuentro de los habitantes de valles como el del río Baliem. Nada más bajar por la escalerilla del avión varios papúes de pequeña estatura nos rodearon. Cubrían su desnudez únicamente con una calabaza en el pene y algunos con unos aros de lianas enrollados en el pecho. También se adornaban con multitud de abalorios, plumas y colmillos de cerdos. Ellos nos devolvían la mirada de asombro. No sé cuáles sentían más curiosidad por los otros, era sencillamente increíble. Era como encontrarte con tus más lejanos ancestros...
Después de pasear un rato por las anchas, pero embarradas calles típicas de una población de reciente construcción, desgraciadamente, tan presentes en muchos países del Tercer Mundo, pude comprobar que, aunque muchos jóvenes han comenzado a ser influenciados por los javaneses y su “occidental filosofía de vida”, la gente sigue viviendo como antaño. La mayoría de los hombres continúan llevando como única vestimenta una calabaza, llamada “koteca”, que les cubre el pene. Esta calabaza no sólo sirve como protección contra la entrada de espíritus malignos, sino que su tamaño y forma distingue a unas tribus de otras; además, tiene otras aplicaciones menos tribales siendo lugar idóneo para guardar todo tipo de cosas, sobre todo el apreciado tabaco, al que son muy aficionados, o el betel cuyo continuo masticar produce un intenso color rojizo que invade boca, dientes y encías. También en algunos casos, y si el tamaño de la koteca lo permite, se pueden llevar en ella hasta dos pequeños pollos. A veces, y debido a que la koteca adquiere formas y longitudes caprichosas, se producen situaciones curiosas e hilarantes. En alguna ocasión el encuentro de dos de ellos en un paso estrecho puede provocar que sus kotecas queden enredadas, teniendo que hacer verdaderos malabarismos para separarse.

domingo, 10 de febrero de 2008

País Dogón


Gracias al texto de Eva Lahoz y a las fotografías de Angel Alvarez, podremos conocer algo de la interesante y misteriosa cultura del pueblo Dogón. Gracias a los dos.
__________________

En los montes Hombori, en la gran falla de Bandiagara, al este de Malí y al sudoeste de Burkina Faso, se en-cuentra el conocido como “País Dogón” en un acantilado de 150 kilómetros de largo y con una profundidad de 300 metros, de paredes abruptas, sembrada de desprendimientos y donde sólo la perseverancia de este pueblo les ha permitido crear pequeños oasis en los recovecos de este farallón precedido de una gran llanura de rocas peladas, árida y donde apenas crece algún matojo o arbusto.
Según sus tradiciones orales, ellos los Habe, que es como se autodenominan y que siginifica paganos, proceden de la parte oriental del río Níger, donde se les sitúa entre los siglos X al XIII. La historia les da origen en los montes Mandingas y se cree que al ser animistas y no querer convertirse al Islam hacia el año 1500 re-montaron el río Níger y se protegieron en los riscos de Bandiagara que en su lengua significa “gran plato de comida”. Allí, se encontraron con dos pueblos, los “tellem” más numerosos y los pigmeos, ya con escasa pre-sencia, a los que los Dogón empezaron a llamar “hombrecillos rojos”. Con el paso del tiempo los cazadores pigmeos ante la destrucción de la selva por parte de los dogón que extendían cada vez más sus cultivos se fue-ron yendo, pero los tellem se quedaron y poco a poco se fueron fundiendo con los dogón que pasaron a ser la cultura predominante. Hoy en día la única manera de distinguir a un verdadero dogón de un tellem es por su apellido y nombre.
Una historia imposible les precede, un gran secreto transmitido de padres a hijos. Sus leyendas y tra-diciones que hablan de "nommos”, llegados desde la estrella Sirio, de los que cuentan recibieron un importan-te legado cultural, siglos atrás, y ese misterio, unido a una de las culturas más singulares de la Humanidad, son un reclamo para los viajeros que por una parte permite a estas aldeas moribundas defenderse de la deser-tización y por otra pone en peligro esta singular forma de vida.
Según la tradición dogón, el mundo fue creado por el Dios supremo o Amma. Este dios creador hizo las estrellas arrojando bolitas de barro al cielo, y el Sol y la Luna como obras de alfarería. Más tarde creó la Tierra apretando con su mano una bola de arcilla y arrojándola de nuevo al espacio. Amma, también es res-ponsable de su origen ya que creó las cuatro parejas de las que proceden todos los Dogón: Sigi, Wagen, Lebe y Binu. Sus espíritus reciben el nombre de el anteriormente citado “nommos”. Como otros pueblos agricultores de África, la Tierra es el eje de sus creencias religiosas: el culto a Lebé marca los ciclos agrícolas, el más im-portante, el de Bulu, precede a las primeras lluvias y siembra. Son destacados los ritos a sus difuntos y las complejas ceremonias, donde la sociedad Awa es la responsable de los rituales. Esta misma sociedad planifica el Sigi o "Culto de la Gran Máscara", el más conocido de los ritos dogón, envuelto en un halo de hermetismo y leyenda. Cósmico y sobrenatural, que cada 60 años, y durante 22 días, da vida al baile de máscaras lleva-das por varones iniciados que aprenden técnicas para entrar en contacto con lo sobrenatural. Poco que ver con las vistosas danzas de mascaras para turistas, pero que aún así, nos permite conocer un poco esta cele-bración. Su líder es el Olaburu o "maestro del lenguaje de la maleza", que domina el lenguaje iniciático Sigi-So. En este territorio del Sahel, de sabanas herbáceas y arbustos dispersos, en el cual la lluvia y la tierra arable es escasa, en las laderas de la falla o en la llanura, se agrupan las viviendas o “Ginna”, palabra que también puede referirse a un grupo de casas unifamiliares descendientes de un mismo ancestro, de ladrillos de adobe con tejados que hacen las veces de terraza, destacando sus graneros de planta circular o cuadran-gular, con techo cónico de pajas tranzadas. Su puerta de acceso minúsculo y de madera muy trabajada, está en el punto más alto. Para acceder a este oscuro compartimentado recinto de almacenaje, se hace a través de la famosa escalera dogón, una escalera de factura simple ya que tan sólo se hacen unos peldaños en un tron-co seco. En el interior del granero, enseres de hombres y mujeres están separados.
En el centro de cada aldea la “toguna” o Casa de la Palabra, destaca de las demás construcciones siendo sostenida por 8 pilares esculpidos con simbología de la cosmogonía dogón, bellamente trabajados, como suele ser habitual ya que este pueblo es famoso por sus finos trabajos en puertas y ventanas. El habitá-culo, al que sólo pueden entrar hombres, con poco más de un metro de altura, es lugar de conversación, de descanso y de toma de decisiones para la comunidad, de juicios así como de sentencias. Allí se reúne el Con-sejo de Ancianos formado por los “Ginna-Banna” o jefes de familia, para debatir, pero no para enfadarse o violentarse, ya que, debido a su escasa altura, si un anciano se levanta enfadado, un simple golpe en la cabe-za le enfriará los ánimos y todo volverá a la calma.
Diseminados por la villa, los “Binou” o monumentos tótem, que no se deben fotografiar y mucho me-nos tocar.
Ya en las afueras de las aldeas encontramos la Casa de la Menstruación, único edificio circular de gran tamaño y lugar al que acuden, obligatoriamente, las mujeres en ese periodo, aislándose del resto de su familia durante 5 días y gozando de un pequeño y merecido descanso de sus agotadoras labores diarias. Hay otra pequeña choza, la Casa del Hogon se sitúa alejada del poblado para evitar impurezas y apenas se distin-gue en su construcción de las demás excepto por su decoración simbólica. El Hogon, “el más puro de los hombres puros”, es el jefe del Consejo de Ancianos y se trata de un hombre santo, sacerdote y guardián los secretos de la tradición de su pueblo, y es él, el que marca la vida espiritual, política y diaria de su pueblo. El Hogon también es el encargado de cuidar el lugar donde se guardan la conocidas y famosas máscaras sa-gradas dogón. Estas máscaras es el mejor ejemplo de arte dogón y nacieron, según la tradición, por la nece-sidad de esconderse de la muerte. La máscara más importante es llamada Iminama, tiene forma de serpiente y es empleada durante la celebración del Sigi. Aunque quizás la más conocida de todas sea la que lleva el nombre de Kanaga coronada por una cruz que representa, de forma abstracta, al pájaro del mismo nombre y que está asociada a la creación. Existen un total de 80 diferentes tipos de máscaras.
Los estratos sociales de los Dogón son muy complicados, dentro y entre los clanes. Para los hombres, su pertenencia a un grupo de edad en función de cuando y con quien participó en las ceremonias de inicia-ción, son las señas de identidad. En el sistema social de los dogón existen diversas castas según el trabajo que desempeñen como herreros, carpinteros o bien trabajen el cuero. También encontramos, como en todo Malí, a los "griots", que se pueden asemejar a los antiguios trovadores de la Edad Media europea. Hacen las veces de historiadores orales, genealogistas, poetas, músicos y hechiceros. Suelen vivir fuera de los poblados. Los Dogón dividen su comunidad en dos categorías opuestas, llamadas “innenomo” o hombre puro e “innepuru” o hombre impuro. Estos estatus se establece en el momento del nacimiento, heredado de algún antepasado recientemente fallecido. Los “innepuru” realizan la preparación y entierro de los cadáveres y sacrifican a los animales pero no pueden acceder a donde vive el Hogón.
El mijo y el sorgo son los cultivos predominantes, que ellos consumen, así como las cebollas, que lle-gan a exportar a Sudán y completan su dieta con los pollos, cabras, ovejas, etc. con los que conviven, así co-mo pequeños huertos con hortalizas en épocas de lluvias.
Desde niños, los Dogón se acostumbran a sus duras tareas que les permiten sobrevivir en un medio semidesértico. Su supervivencia depende de ello. Desde el amanecer a la puesta de Sol las niñas, con apenas 6 ó 7 años, acarrean agua del pozo que hay junto al poblado, en ocasiones subiendo y bajando por las es-carpadas piedras, descalzas y con el cubo sobre su cabeza en un perfecto y casi imposible equilibrio. Los pi-cudos y típicos gorros dogón, así como sus enormes sombreros junto a los morrales de piel llenos de fetiches y conchas, despuntan al alba en los atuendos de los pastores llevando pequeños rebaños fuera del corral, todo marcado por el ritmo cadencioso del mazo moliendo mijo, los primeros llantos, el canto de los gallos…Los sonidos aumentan su intensidad y ritmo con el Sol y se apagan con él, y así un día tras otro hasta el próximo Sigi en 2027, en el que Ireli, Tireli, Nombori, Duro, Benigmato, Dunduru, Endé, Teli, Kan-Kombolé y otros muchos, sólo girarán al ritmo de las Kanaga, la Iminana y 26 tipos de máscaras más.

Tres puntos son referencia para iniciar nuestro viaje: Sanga, la capital de la parte este de la falla, Kani Kambolé, en su extremo occidental y Dourou, el punto intermedio de acceso a la falla. La gran mayoría se-guimos el mismo recorrido: Mopti, Bandiagara, Sanga, hasta donde llegan los taxis-brousses y los bachêe. A partir de Sanga la ruta la marcará el ritmo de nuestros pies y la fuerza de nuestra mente, según el destino final.

El mito de los Dogón y la estrella Sirio
La historia de los Dogón y Sirio, la estrella más brillante del cielo y sus dos compañeras invisibles tiene casi se-senta años. Según esta leyenda, seres anfibios, con más forma de pez que de hombre y procedentes de esta estrella de la constelación de Canis Mayor, llegaron a la Tierra hace unos mil años y entraron en contacto con el pueblo dogón prometiéndoles regresar.
En 1950, los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen publicaron un artículo en el que afirmaban que gran parte de la cosmogonía de esta tribu africana giraba entorno a Sirio, o como ellos la conocían “Sigu Tolo”, y dos estrellas compañeras invisibles a simple vista, conocidas como Sirio B o "Po to-lo" y Sirio C. ¿Cómo entonces sabían los Dogón de su existencia?
Más allá de teorías inverosímiles sobre posibles contactos de extraterrestres con los dogón toda parece indicar que se trata de un caso de asimilación cultural, de transmisión de información por parte de algún mi-sionero o explorador que visitó la falla de Bandiagara antes de la llegada de estos antropólogos franceses y les contó lo que ya entonces se sabía sobre esta formación estelar. Además, ninguno de los conocimientos as-tronómicos que se supone tenían los dogón por transmisión “alienígena” era desconocido para la astronomía de entonces. Incluso se ha llegado a especular con que fuera el propio Griaule el que les contara esta historia. Hoy en día casi ningún dogón sabe sobre el tema e incluso no se ponen de acuerdo en que estrella es “Sigu Tolo”.

viernes, 4 de enero de 2008

Bailando Salsa por el mundo

En varias ocasiones hemos disfrutado con las andanzas viajeras de nuestro amigo Nacho Martín (http://www.nosvamosdeviajes.com/) durante sus muchos viajes por el mundo. A Nacho, además, le encanta bailar salsa y por ello ha recopilado los locales interesantes que ha encontrado. Así que para aquellos que además de viajar os guste mover el esqueleto siguiendo ritmos caribeños aquí tenéis algunos sitios donde hacerlo...

En Praga tenemos "La Bodeguita del Medio" en Kaprova 5, cerca de la plaza del reloj. En Riga la capital de Letonia tenemos dos locales, "La Salsa" de mucho ambiente cubano y salsero y el menos interesante "Habana". En Pekín, el "Latino" en el Parque Chaoyang, en la parte sur de la ciudad. También en la capital china encontramos "Salsa Caribe" abierto hace poco y con orquesta de músicos cubamos. Está en Chaoyang. Avd Gongti Beilu 4. En Shanghai, "Che", cerca del conocido restaurante Luna. En Bangkok, "La Rueda", en BTS Asoke Station, una callecita perpendicular a la principal. Sukhumvit 18 Soi, ofrece ritmos caribeños de verdad y sin "bargirls". En Manila, "Cafe Havana", en Makati, dentro de la zona comercial de Greenbelt, 3. En Seúl, el "Bahia" donde podemos llegar con la linea verde (2) salida 5. Es una calle paralela a la principal. En Tokio, "Cafe Latino", "Juanchito", "La Rumba" y "Salsa Caribe".

A esta lista de nuestro amigo Nacho, querría añadirle algún local situado en Dubai. Uno de ellos, el Scarlett's, lo encontraremos en una de las torres del Jumeirah Emirates Towers en Sheikh Zayed Road. Allí puedes bailar salsa u otros ritmos caribeños los sábados a partir de las 10 de la noche. E incluso puedes recibir clases. Otro local es el Savage Garden, que está en los bajos del Hotel Capitol y donde, en teoría, puedes bailar salsa todas las noches. Otros locales son El Malecón, en Dubai Marine Beach Resort y el Seville's en Wafi City.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Micronesia( y V), perdido en el Pacífico

Nuestro amigo Nacho Martín (http://www.nosvamosdeviaje.com/) nos ofrece la quinta y última entrega de sus aventuras por el lejano archipiélago de Micronesia...

---------
Al venir a Chuuk creía que era lo más remoto que podría encontrarme en el Pacífico. Estaba equivocado. Entre las principales islas hay cientos de islas más pequeñas habitadas, esparcidas a todo lo ancho del Océano. El grado en que conservan el modo antiguo de vivir depende de manera inversa a la frecuencia de su contacto con el mundo exterior. He tenido la suerte de pasar unos días en un par de ellas, sintiendo tratado como un verdadero rey, fruto de la hospitalidad isleña. Si así eran tratados los marineros que se aprovisionaban de víveres frescos, no me extraña que al tener que regresar a la vida en el mar causasen más de algún motín.
Houk está al noreste de Chuuk. Es una de las islas más tradicionales y al llegar te frotas los ojos al ver los hombres no vistiendo nada más que su thu cubriéndoles las partes púdicas. Sólo queda espacio para la coquetería en la forma de hacerse el nudo. Las mujeres llevan una falda y nada más. Y uno se encuentra raro en pantalón y camiseta, así que aprovechando una celebración yo también me enfundé en mi thu, fresquísimo por cierto.
Al llegar dejé el reloj y el dinero y no los volví a coger hasta que me fui. El tiempo cobra otra dimensión y el estrés… ¿qué es eso? La naturaleza es generosa por aquí, y no sólo con la temperatura, de deliciosa primavera, si no que provee de cocos, taro y fruta de pan. Eso sobre tierra, porque bajo el agua los peces casi pican sólo con el anzuelo. Que lujo eso de estar jugando a baloncesto en una canasta colgada en una palmera, y cuando eliminan a tu equipo te esperan con un coco recién abierto. Aunque hay que andarse con cuidado de donde te sientas a recuperar el aliento, pues los cocos que no se cogen caen por su propio peso, y a los novatos recostados contra su tronco nos pueden jugar una mala pasada. A mí me cayó a medio metro, pero el susto fue casi como si me hubiera dado de lleno.
Las canoas tradicionales poco a apoco han ido cayendo en el olvido en beneficio de las cómodas motoras que funcionan aunque el viento venga en contra. Pero al darse cuenta de que si se acaba la gasolina se acabó el pescado, están volviendo a construirlas en la parte boscosa de la isla, utilizando las mismas técnicas de hace siglos. Y es que aunque una pequeña avioneta a veces visita la isla, las mercancías llegan en barco un par de veces al año. Por tanto cualquier cosa ajena a la isla es un bien muy preciado. Aquí todavía se utilizan los materiales de construcción que la naturaleza proporciona, y la única comida que viene de fuera es el arroz.

Por la tarde la playa cobra vida y la gente comienza a salir entre las palmeras a darse un baño. Los niños persiguen a unos pequeños tiburones entre risas hasta que los atrapan, sin preocuparse de la mama que esta un poco más adentro. Dando un paseo se me ocurrió agacharme a coger una concha, y a los dos segundos cada niño me estaba dando otra, con lo que en un par de minutos el thu de varios improvisados asistentes estaba lleno de trozos de coral y conchas de regalo.
Al caer la noche no hay mucho que se pueda hacer. Hasta hace unos pocos años los jóvenes se reunían para cantar y bailar en las casas de las canoas junto a la playa, y aprovechaban para conocerse y escaparse a la oscuridad del bosque. Pero con la llegada de la última invención de occidente, la costumbre se ha perdido. No es lo que pensáis. No es la televisión, que en una isla sin electricidad no tiene mucho protagonismo. Hablo del café instantáneo. Ahora la gente va a casa del vecino a tomar café, y los frascos se vacían cada noche a velocidad de vértigo. La velada sólo concluye cuando se acaba el café.
La organización social se basa en el grupo familiar, que reparte responsabilidades y tareas entre todos los parientes, bajo la dirección del jefe del clan, y que redunda en el beneficio de todos los miembros de la comunidad. Algunos miembros salen a pescar y reparten la captura entre toda la familia. Lo mismo pasa con los productos de la tierra, o incluso con los niños. Si una madre tiene muchos niños, le dan el bebe a una chica joven del clan para que lo críe como si fuera su hijo. Hay una anulación del individuo que se diluye en pos del bien común. Incluso un extraño a ese mundo como era yo, rápidamente fui adoptado por la comunidad, y al pasar junto a algún grupo de casas, era saludado con el “ven y come”. Y es que salvo comer y encargar niños poco más hay que hacer.
Las fiestas siempre van acompañadas de grandes comidas, en las que cada clan aporta su cuota. Incluso se pescan unas tortugas para acompañar a los cerdos que han crecido inocentemente atados a una palmera junta la playa. Reunida toda la población, empieza el programa, que es como llaman aquí a los discursos de las personalidades, y que pueden durar un par de horas. Luego se sirven bandejas con suficientes víveres para una semana a las personas importantes, y una vez que decides que has tenido suficiente (vaya susto me lleve cuando vi la mía y apliqué nuestra costumbre de no dejar nada en el plato), se pasa a las mujeres y a los niños que están esperando pacientemente sentadas en el suelo. Pero para recogerlas se mueven en cuclillas, pues la tradición dicta que si hay un familiar en la zona, la mujer tiene que andar en esa área por debajo del hombre. Aunque resulta incomodo para mis ojos occidentales, es su costumbre, y por tanto respetable.
Al sur de Chuuk están las Mortlocks, un conjunto de islas no muy lejanas entre sí, y que entraron en contacto con occidente como punto de aprovisionamiento para los barcos ballener
os, seguido por los misioneros, y que han incorporado más costumbres externas a ellos. Además son atolones, con su laguna protegida por el arrecife de coral. La parte interna ofrece la cara amable del mar, con sus playas de arena y una zona tranquila para pescar, y la parte externa, abierta a la furia del océano, pone el oleaje rompiendo sobre rocas cortantes de coral muerto, dos caras muy distintas de un mismo mundo.
Aquí las islas tienen generadores, e incluso farolas para iluminar la noche. La calle que las recorre longitudinalmente está arreglada, como una avenida a escala, y alguna televisión pone el sonido a la noche, congregando a todo el clan alrededor del último video llegado de Weno. Con la marea baja puedes caminar por el arrecife hasta el siguiente islote de palmeras, donde los cangrejos del coco salen corriendo a poner su sabroso cuerpo a salvo en cuando te ven. Si las ganas acompañan puedes continuar, con la única dificultad de salvar el canal que nutre de agua la laguna con las mareas, y entonces puedes volver al punto de partida. En el camino encuentras todo tipo de criaturas que viven en el arrecife, y los restos de barcos que quisieron verlo demasiado cerca.
Pero la isla de Satawan tiene otros restos esparcidos entre las palmeras y plátanos. Fue base japonesa durante la guerra mundial, y los tanques y aviones están donde los dejaron, rodeados de la vegetación que ha crecido durante sesenta años. A pesar de que las señoras de la isla se han estado haciendo las peinetas con el aluminio del fuselaje de los aviones, todavía se puede tener la sensación de pilotar un zero intentando ver el enemigo entre las plantas de taro.
Pero hay algo que comparten igualmente ambos grupos de islas: la hospitalidad sin límites. Qué maravilla que en el siglo XXI queden lugares en el mundo donde la vida se entienda todavía con los parámetros de siglos atrás. Y que ojala les dure.




Datos prácticos de Micronesia(nota de Editor)

Con una distancia de casi 3500 kilómetros, el archipiélago de Micronesia abarca una área de sólo 720 kilómetros cuadrados y nos 133.144 (est. julio 2000) y cuya capital es Palikir (Pohnpei) . Se localizan en las islas Carolinas, divididas entre Micronesia y Palau. Los Estados Federados de Micronesia están compuestos por 607 islas, las cuales se dividen en cuatro estados: Yap, Chuuk, Pohnpei y Kosrae. Se cree que los habitantes originales de Micronesia llegaron de las Filipinas e Indonesia aproximadamente 1500 años antes de Cristo. En 1521, Magallanes llegó a las islas Marianas y en 1565, España tomó posesión de ellas. En 1899, las islas Carolinas se vendieron a Alemania y después de la Primera Guerra Mundial, la Liga de Naciones le dio un mandato a Japón para administrar las islas. Japón desarrolló la industria minera con éxito, la pesca y la agricultura (principalmente el caña de azucar). Despues de la Segunda Guerra Mundial, la ONU pasó a depender de la administración norteamericana hasta 1986 cuando consiguió su independencia. En las aguas de estas tranquilas islas hay algunos de los mejores pecios (restos de naves naufragadas o hundidas) del mundo y se considera un paraíso, en gran parte por descubrir, para los amantes de la playa y el submarinismo.

Las Naciones Unidas no tienen datos suficientes para valorar las condiciones del país y por lo tanto no puede incluir a Micronesia en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), pero podría ocupar alrededor del puesto 132 a la altura de Camboya o Birmania . Los únicos datos fiables indican una esperanza de vida de unos 70 años, un índice de alfabetización del 81% de la población que, en 2007, la componían unas 108.000 personas con una media de edad de 20 años y repartidas por varias islas y atolones cuya superficie, en total es más pequeña que la ciudad de Washington. Según estimaciones oficiales en 2006 existían 16.000 internautas micronesios (en España casi 19 millones).

jueves, 15 de noviembre de 2007

Micronesia(IV), las otras islas del atolón

Nuestro amigo Nacho Martín (http://www.nosvamosdeviaje.com/) nos cuenta la cuarta entrega de sus aventuras por el lejano archipiélago de Micronesia...
-------------------
Al atardecer los muelles de Weno están en pleno bullicio. Es la hora de volver a casa, y las motoras esperan a sus pasajeros para partir a alguna de las islas del atolón. Desde los 230m del monte Tonaachau, el horizonte del ocaso no se pierde en el mar. Las otras islas se recortan en el horizonte, con el espectáculo de las pequeñas motoras abandonando el “centro” y saliendo al mar dorado, como fuegos artificiales. En total hay unas quince islas habitadas protegidas por la barrera de coral de Chuuk, que dicen es la segunda más grande del mundo.
Por tanto, aunque uno viva en una isla, siempre tienes otra cercana para cambiar de aires en el fin de semana, y estirar así un poco tu “mundo”. La única dificultad es ponerte de acuerdo con el barquero, pues cada isla tiene varios nombres. Al poco de llegar no sabía si los nombres raros eran de alumnos, pueblos, o islas. Cuando me aprendí que la isla de enfrente se llamaba “Tonoas”, entonces alguien se refiri a ella como “Dublón”, su nombre antiguo, para en otra ocasión pasar a ser “Toloas”, pues algunos de los dialectos de la laguna no tienen el sonido “n”, que cambian por “l” o “r” a su gusto. Todavía no sé si yo vivo en Weno o Wero.
La primera escapada fue a Piis, la única isla habitada que está en el arrecife de coral. Llevaba apenas un par de semanas aquí, y fue una de las mejores lecciones sobre Micronesia. Primero el viaje en la motora, nada de lo idílico que se ve cuando abandonan el puerto. Se va sentado sobre el suelo, acoplándote a los botes durante horas, pues aunque el mar está tranquilo, con la velocidad notas el mínimo obstáculo. Luego el equipaje adecuado. La gente usa cubos de plásticos o neveras de camping, ambos estancos, mientras que mi bolsa llegó empapada por la lluvia intermitente, y yo calado por el spray que levantábamos. Ahora ambos vamos envueltos en sendas bolsas de basura.
Descubrí la hospitalidad de la gente de Chuuk, y su expresión más directa en la comilona que se organizó en nuestro honor. La gente se reúne en el edificio común, sentada en el suelo mientras a ti te colocan incomodo en alto y presidiendo la reunión, y tras la ronda de discursos, empieza el festín. Las bandejas surtidas de taro, fruta de pan, pescado crudo y frito, arroz, cerdo, fruta… que tenía delante no eran la comida de todos. Era una para cada uno de los agasajados, pues la costumbre es que comas lo que puedas y el resto lo lleves a casa, o lo des a alguien que no haya comido. Y lo mejor es que hay que comer con los dedos, con lo que disfrutas doble con la trasgresión a las prohibiciones de tu infancia.

La vida en estas islas transcurre de cara al mar. Las casas se reparten a lo largo de la orilla, por familias. Cada una tiene su barca, y con ella acceso a las proteínas que complementan los vegetales tropicales. En el claro de palmeras en el que está la iglesia, un manto de prado verde da idea de lo que nosotros llamaríamos plaza con el tiempo y cemento. Un grupo de señoras ríen continuamente mientras se abanican con una palma trenzada, sentadas en el suelo con mucha práctica. Los niños revolotean alrededor como lo harían en cualquier parque del mundo.
Yo había manifestado mi interés por recorrer la isla, así que uno de los niños fue designado para acompañarme, y se las arregló para devolverme al mismo lugar en cinco minutos y seguir con los juegos, que esta vez consistían en despiojarse uno al otro. Finalmente fui a parar a manos del “policía”, según ponía en la camiseta, pero que ante la falta de desórdenes, simplemente está al cuidado de la radio, la única comunicación con el exterior. Él fue el que me dio la vuelta por la isla, un mundo sin coches, sin electricidad, donde la gente todavía mira las estrellas y habla con sus ancianos.
La segunda salida fue a Udot, que se supone que es la cima de la montaña que al variar el nivel del mar dio lugar al atolón de Chuuk. Al dar la vuelta de rigor a la isla, otro niño fue designado voluntario para acompañarnos. Yo me preguntaba qué truco haría esta vez para volver con sus amigos. Lo comprendí cuando los veinte minutos estimados del paseo se habían duplicado con creces. Su venganza particular fue la de llevarnos por el lado más largo, sin sendero. El sol se había ocultado ya, y la noche caía rápido como sólo hace en los trópicos. Él iba descalzo y se volvía de vez en cuando para vernos pasar entre la maleza demasiado espesa para nuestro tamaño. Yo, que me sorprendía de la destreza que había conseguido con las chanclas, solo deseaba que no se me rompieran justo ahora. Que agradable sensación notar que la chancla sigue milagrosamente unida a tu pié cuando la sacas de un palmo de lodo y te espera adelante un poco más de oscura maleza y otro trozo de acantilado cortante.
Finalmente llegamos a unas cabañas, ya de noche cerrada, y a juzgar por los gestos y tonos, al niño le debieron decir aquello de “pero cómo se te ocurre…”, “imprudente” y demás, mientras fueron a buscar al policía para que nos acompañara a nuestra casa con su linterna. Pocas veces he disfrutado tanto de una ducha a cazos, a la luz de una lámpara de keroseno, para ir caer rendido sobre una esterilla de pandano.
La razón de venir a Udot era para pasar la prueba de acceso a Xavier. Me marcó ver el estado de las escuelas de donde vienen nuestros futuros alumnos. Apenas tienen un par de libros para toda la clase, y no todas tienen mesas. Rellenar la hoja de datos personales costó casi una hora pues apenas entendían inglés. Me llamó la atención que en la casilla del empleo del padre y madre, muchos ponían “ninguno”, pero cuando la pregunta era quién pagará por tu educación, la respuesta era “mis padres”. Así es Micronesia. Lo que no te da la tierra te lo dan los familiares. No sé cómo les fue, ni si alguno será alumno de Xavier el año que viene, pero a mí me camb
ió la perspectiva como profesor. Y eso que soy más alumno que profesor, pues cada día me enseñan algo nuevo.
Los japoneses fueron los primeros en explotar las ventajas de Chuuk como puerto, y lo convirtieron el la base de la Flota Combinada del Pacífico, bajo el mando del célebre Almirante Yakamoto. Entonces Tonoas era la isla principal, con una pequeña ciudad que fue arrasada por los bombardeos americanos. Otras islas se convirtieron en huertos, centros de radios, o aeródromos, recolocando previamente a la fuerza a sus habitantes. Cuando al acabar la guerra volvieron sus habitantes, el sentido de posesión de la tierra todavía se hizo más fuerte.
Para mí la más curiosa es Eten. Con rocas de la montaña ganaron tierra al mar para las pistas de aterrizaje, dejándole la apariencia de un portaviones. El resto de montaña haría de puesto de mando, y el manto de palmeras que hoy cubre el cemento de las pistas sería el casco. En el mar a ambos lados están los restos de los aviones que intentaron despegar, cubiertos de corales para nuestro disfrute. El centro de comunicaciones estaba en un edificio gemelo al de Xavier, pero que corrió con peor suerte en los bombardeos y está en ruinas. Al menos puedes ver como era el original japonés. Las puertas de acero son las mismas que tenemos nosotros, pero el baño con bañera de agua caliente se transformó, desgraciadamente en nuestro caso, en la secretaría del colegio.
Pero visitarla no es fácil. La tierra es suya, y cobran a los turistas precios astronómicos por pisarla. La otra opción es pedir permiso, usando el protocolo local, por lo que un acompañante que hable chukés es indispensable. Al llegar al muelle aparece un paisano y empieza un parlamento de quince minutos. Mientras tanto esperas pacientemente sin enterarte de nada. Un gesto con la cabeza me indica que tenemos permiso del jefe de la isla para atracar la barca, y podemos desembarcar. En cada hogar que atravesábamos sucedía lo mismo. Pero al final descubrimos la clave. El ser profesor de Xavier se convirtió en un salvoconducto.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Crónicas Viajeras: Micronesia(III), la isla del naufrago

Hace ahora un año publicábamos unas crónicas viajeras de Nacho Martín(www.nosvamosdeviaje.com) de su vuelta al mundo. Podéis recordarlas aquí: Micronesia(I) y Micronesia(II) . Ahora, y después de este retraso por problemas técnicos, nos ofrece la tercera entrega.

-----------
La isla del naufrago
Todos tenemos una imagen de esa isla desierta a la que te preguntan qué tres cosas te llevarías. Cuando llegó el día en que eché el pié a tierra en una, sólo llevaba una sonrisa de oreja a oreja. Y tampoco me importó que ni Halle Berry ni las otras dos cosas estuvieran aquí. Lo importante es que haya un bote varado en la arena y alguien que lo sepa manejar por entre los canales de coral para cuando te apetezca cambiar de aires.
Los científicos no se ponen de acuerdo si es el mar el que sube, o los volcanes los que se hunden, o ambas cosas a la vez. Pero el resultado tras años de lento crecimiento, sea cual sea la causa, es el maravilloso mundo multicolor del arrecife coralino. Si comenzó a crecer alrededor de una elevación ahora sumergida, lo que vemos es un anillo de coral que protege una laguna de aguas turquesas ajenas al oleaje exterior. Las islas que coronan los arrecifes coralinos, con sus playas de arena blanca, y las palmeras intentando mojarse la melena, son una de las imágenes que el subconsciente relaciona con el paraíso. Esta es la geografía típica del Pacífico.
Y como comentaba en la crónica anterior, aunque Chuuk es un atolón gigante, todavía a medio hundir, su arrecife tiene muchas de estas islas de náufrago a las que escaparte del
ajetreo de Weno. A pesar de lo idílico que pueda parecer, todas tienen dueño, así que tras pedirle permiso, sólo necesitas una barca para cambiar de mundo.
Habíamos quedado a las 8, pero eran las 9 cuando todavía estábamos preparando la ensaladilla. No llevaba ni dos semanas aquí y todavía no me había acostumbrado al horario de Micronesia. Mi impaciencia por llegar a Angenimen, la isla a la que íbamos de picnic, me hizo ser el primero en estar listo, cosa no muy habitual. El ambiente en la orilla era como cuando quedas con los amigos para ir de costillada. “¿Dónde metemos esto? ¿Qué coches llevamos?...” Pero el idioma era Chukés, y en vez de coches, había motoras.
Cuando nos ponemos en marcha empiezan los piques entre las distintas motoras, y sin darte cuenta la gran Weno se ha convertido en poco más que una ondulación verde sobre el horizonte. Entonces me asalta la duda natural de un aragonés del secano fuera de su medio: ¿Cómo saben a dónde vamos, si estamos rodeados de mar por todos los lados? ¿Y esta barquita no se volcará? Pero en seguida aparece un punto por la proa, y al poco se pueden distinguir las palmeras recortándose en el horizonte. Tierra ¡Tierra! ¡Una isla! Para mí la sensación era como si la tuviera un náufrago agarrado al barril tras días a la deriva. Que bonita visión. Al acercarnos no podía ocultar mi cara de embobado. Y como fondo las olas del mar abierto rompiendo contra el arrecife, poniéndole la música. Sólo faltaba la nativa con el collar de flores esperando en la playa.
Y al echar pie a tierra… chof, los pantalones mojados y vuelta al mundo real. No sé de dónde salió la maldita expresión, porque en estas latitudes siempre acabas con agua hasta la rodilla cuando sales de la barca. Pero no importaba. Habíamos llegado a la isla. Tras ayudar a descargar nos distribuimos las faenas. Unos se fueron a pescar, otros a preparar el fuego, otros a masticar betel, y yo, a explorar la isla. Era sábado, así que si encontraba algún indígena perdido ya sabía que nombre ponerle.
Como la vegetación era espesa, decidí bordearla primero. Mi presencia espantaba a los cangrejos ermitaños de los cocos caídos en la playa. Me sentía el primero en pisar esa arena blanca en mucho tiempo, hasta que al bordear un pequeño manglar algo raro se deja oír entre las olas que rompen. Unos pocos pasos más bastaron para darme cuenta de que aquí también hay que compartir los buenos sitios de picnic. Un par de barcas estaban amarradas en esta parte de la isla, y ni con los meses hubiera podido ponerles nombres a todos los sonrientes chukeses.
Más me hubiera valido quedarme en el otro lado, y pensar que somos los únicos en la isla. Siempre tenemos que ser los europeos los que vamos a molestar (aunque nosotros decimos descubrir) el quehacer cotidiano de los paisanos del lugar que toque. Si al menos hubieran traído a Halle Berry de invitada, quizás en su vuelta de reconocimiento hubiera aparecido en la playa a la que llegamos nosotros, y entonces yo hubiera empezado a creer en enanitos verdes y en genios de la lámpara.
Al volver me encontré con que estaba empezando el aperitivo. En el fuego se estaban terminando de asar algunas de esas conchas que la gente tiene de decoración en las estanterías, mientras una especie de ostras de colores se aliñaban crudas con lima para los impacientes. En la orilla, con unas conchas estaban quitando las escamas a peces de colores de los que salían en los reportajes de Cousteau. Todo recién cogido. Unos cayeron crudos y otros pasaron por la brasa. Casi no hacía falta haber traído nada de casa. La comida transcurrió entre risas, motivadas en parte por mi frustrado descubrimiento, mientras comíamos con los dedos, distribuidos por el suelo al estilo isleño. Para el postre se siguió el estilo USA, y de repente apareció de algún sitio un cubo de helado. Por un momento vi algo positivo en esto de la globalización.
Siguiendo el estilo mediterráneo, me prepare a la sombra un lecho de hojas de palmera para la siesta, pero advertido de no estar directamente debajo de ningún coco. Cuando al despertar me puse las gafas para bucear me parecía estar todavía soñando. El verde que domina la vegetación terrestre, es el color que más costaba encontrar bajo el agua. Naranjas, rosas, azules, amarillos… Los peces te rodean y juegan contigo, o te observan tímidos protegidos por los tentáculos de las anémonas. El tiempo se paró, y tuvieron que venir a buscarme para decirme que nos volvíamos.
La isla de Pisar está un poco más lejos, en la parte sur del arrecife. Es pequeña, casi de juguete, con apenas doscientos metros de longitud y unos setenta de anchura. El suelo es de arena blanca en la que crecen las palmeras justas para dar sombra, colgar las hamacas y la red de voleyball. Hay un par de cabañas, y los profesores del colegio habíamos decidido ir a pasar el fin de semana para reponer fuerzas a mitad de este segundo semestre.
Desde que empezamos a cargar las motoras empezó una tormenta tropical que en España hubiera cancelado la excursión. Acá nadie se inmuta. Simplemente cubres el equipaje un poco y deseas que salga el sol para secarte. Al alejarnos de la orilla botábamos con las olas sobre el suelo de la barca bajo una lluvia intensa rodeados de un oscuro gris que escondía el horizonte. No se veía nada a más de veinte metros. Esta vez confiaba en la destreza de Rutton, y a pesar de estar calado, no iba preocupado.
A mitad de camino aflojó un poco y pudimos ver que pasábamos junto a islitas de cómic, con sólo un par de palmeras, y junto a otra más grande con un oxidado bote encallado, que supongo actuará de señal de “recuerde” para pilotos temerarios. Pero nos preocupaba más el nubarrón que estaba a nuestra proa, y pronto nos volvimos a meter en otro chaparrón. Aunque llovía, el agua que corría por mi cara sabía salada, como si alguien jugara a tirar cubos a la barca. Hasta la ropa interior chorreaba. El silencio de nuestros rostros reflejaba que estaba siendo un viaje duro y más largo de lo previsto. Y de repente, ni que si estuviera preparado, fue dejar de llover y aparecer ante nosotros la isla deslumbrante, como la Meca deseada iluminada por un foco sobre el escenario de las olas azules coronadas de blanca espuma.
La mitad del claustro son norteamericanos, y la intendencia lo reflejaba perfectamente. Teníamos en la pequeña isla todos los productos que se pueden comprar en Weno. Tres clases de cereales para desayunar, zumos, galletas de todos los sabores, salsas para aliñar la carne, latas de bebida para reventar, queso para untar los nachos, vino para la cena… Hasta trajeron un portátil para poder ver una película por la noche. Los reñidos partidos de voley sobre la arena blanca, las sesiones de trabajo o las siestas en la hamaca se diluyen ante el recuerdo de la comida.
Estaba en una isla de náufrago, pero tenía todas las comodidades en uno de esos sitios de postal, de los que dices “¿iré algún día aquí?”. Estaba realizando un sueño, era consciente de ello, y lo estaba disfrutando con todos los sentidos. Pero todavía me quedaba una sorpresa por descubrir, algo que nunca había leído en las novelas: bucear en el arrecife de coral iluminado tan sólo por la luna llena, una de las mejores sensaciones desde que llegué a Chuuk.

domingo, 29 de abril de 2007

Irán, al otro lado de la noticia

Pese a todo lo que está sucediendo entre occidente e Irán, sobretodo en estos comienzos de 2007, todavía hay viajeros que quieren conocer este maravilloso y sorprendente país. Es el caso de nuestros amigos Pilar y Ricardo que han disfrutado allí unos días.
Nos lo cuentan en esta interesante Crónica Viajera...
Decidimos nuestro viaje a Irán, a pesar de los informativos, porque ciudades como Persépolis permanecían en nuestra memoria histórica desde la infancia. También amigos que antes habían visitado el país hablaban de su cultura y de la hospitalidad de sus habitantes. Todo ello nos hizo vencer las tensiones políticas existentes entre los gobiernos, y preparar el equipaje.
El itinerario de nuestro viaje va a ser en primer lugar, Teherán, su capital. Al día siguiente partiremos para Yazd, ciudad puerta del desierto. Proseguiremos viaje hacia Schiraz, cuna de grandes poetas iraníes como Hafez o Sadi. Luego partiremos hacia Isfahan, maravilla de las maravillas, escena de los cuentos de las mil y una noches. La ciudad de Kashan será nuestro próximo destino, y desde ahí a la ciudad sagrada de Qom, centro de peregrinación para los iraníes y cuna de nacimiento del ayatollah Ruhollah Jomeini, líder político- espiritual de la revolución de 1.979. Y desde allí regresaremos a Teherán, ya con el pensamiento en el regreso.
Nuestro viaje se ve condicionado con la celebración en Irán del Now Ruz, año nuevo persa, que dura trece días durante los cuales miles de iraníes tienen vacaciones y las disfrutan viajando dentro de su país a las diferentes ciudades y centros de peregrinación, a la vez que visitan a familiares y amigos. Esto conlleva que nuestras visitas por el país estén siempre rodeadas de familias iraníes que, como nosotros, son turistas en Irán.
Uno de los problemas que se nos presentan en este país es el del idioma. La lengua hablada en él es el Farsi, distinta al árabe pero con igual albafeto y numeración que éste. Esto unido al escaso conocimiento del inglés que tienen sus habitantes, hace que sea mas dificultoso que en
otros países el entendimiento.
Para ir a cualquier sitio, si es por medio de taxi, debemos de enseñarle la foto del lugar al taxista, o en su defecto escrito su nombre en farsi que previamente en la recepción del hotel (donde casi siempre saben inglés), nos lo han escrito a petición nuestra. Para coger un autobús igualmente el número de los andenes está escrito en números persas, también por lo tanto hay que familiarizarse con ellos antes de iniciar el viaje.
Tanto los taxis como los autobuses son muy económicos. Trayectos de siete horas, como el que realizamos de Yazd a Shiraz podían venir a costar el equivalente a tres euros. Los autobuses son bastante buenos, siempre hay que elegir los de la marca Volvo, frente a los Mercedes, porque por una diferencia de un euro, los primeros son mucho mejores. Son cómodos, y te obsequian con zumo y galletas para el trayecto. También los viajes nocturnos tienen estas características, con una parada durante el trayecto. Si coges un coche particular, verás que igualmente no sube mucho de precio, porque nosotros hicimos el viaje desde la ciudad de Qom a Teherán (dos horas aproximadas) por 90.000 riales,
que equivale a 7,5 euros las dos personas.
Los vuelos internos están asimismo muy bien de precio. Nosotros cogimos un avión para ir de Teherán a Yazd, una hora de trayecto, por veinte euros. Un chollo. Una curiosidad es que en los aeropuertos existen dos entradas diferentes, una para mujeres y otra para hombres.
Igualmente para acceder a las puertas de embarque. El cacheo en cambio es igual para ambos sexos.
La estancia en IRÁN es igualmente bastante económica. Respecto a la comida, a pesar de que es bastante repetitiva (arroz, kebab de pollo, de cordero, y poco más...) es barata. De tres a seis euros puede oscilar una comida. Si ésta es rápida a base de bocadillo de kebad, o pizza sobre euro y medio a dos euros. El alojamiento ya sube un poco más, y puede oscilar entre 20 a 40 euros la habitación doble con baño, dependiendo de la categoría del establecimiento.
La gente es muy amable con el visitante. Al decir "España" como país de origen, una amplia sonrisa se dibujaba siempre en sus caras. Y siempre intentaban ayudarte. La hospitalidad fue pues nota común en nuestro viaje. Sobre su sistema político, también hubo alguna que otra insinuación, por ejemplo, al salir de una mezquita nos hicieron una interviú para una grabación suponemos que doméstica, e insistieron en que habláramos bien del país a nuestros amigos, puesto que no venía mucho turismo debido a la situación política. Un chico joven también nos dijo en inglés que qué suerte teníamos de vivir en un país libre y que muchos iraníes desearían vivir en España. La disidencia evidentemente existe, aunque de manera solapada, al menos para los ojos del visitante.
La prohibición es un hecho en IRÁN, tanto en cuanto a la vestimenta de la mujer como en su situación dentro de la sociedad (aunque ellos intentan hacer ver lo contrario de cara al exterior), como en todo orden de cosas. Sin embargo nos comentan que dentro de las casas particulares, en sus reuniones que son muy habituales, es donde los iraníes se muestran tal como son. Allí es donde ellos expresan sus opiniones, las mujeres lucen sus mejores galas, se oye la música prohibida, e incluso el alcohol no tiene ojos vigilantes.
De las ciudades que visitamos destacaría ISFAHAN.
Isfahan es la perla de nuestro viaje, es una opinión generalizada y no nos defrauda. En ella tenemos magníficas mezquitas y palacios que forman parte desde el año 1.979 del catálogo de Bienes Culturales de la UNESCO. Toda la plaza está porticada con arcos ojivales, debajo de los que se hallan las tiendas de artículos de artesanía, textiles y miniaturas, así como en los pasillos interiores que rodean la plaza están los distintos bazares de la ciudad.
Si vas a Isfahan, llénate del aire primaveral de la Plaza del Imán, contempla su vida, sus mezquitas, a la gente diseminada por el césped desde lo alto del Palacio Ali Qapu, donde el antiguo Sha de Persia contemplaba los partidos de polo que allí se celebraban. Y no olvides tomarte un té acanelado desde la atalaya que proporciona una de las mejores teterías de la ciudad, en el primer piso de la plaza cerca de la puerta Qasarieh que da entrada al bazar. Allí, saboreando el humeante té, pienso en el antiguo imperio persa, en sus sucesivas dinastías, en su arquitectura recubierta de los más bellos azulejos, en las mezquitas del Imán y la de Lotfollah, las más hermosas del Islam ...
También la ciudad de Persépolis cerca de Shiraz es visita obligada. Para ello alquilamos un coche con chófer pues se encuentra a 53 Km de la ciudad. Persépolis significa "Ciudad de Persia", y fue construida en el año 518 a.d.C por Darío I, y destruida e incendiada por las tropas de Alejandro Magno en el año 331 a.d.C. En el periodo comprendido entre su fundación y su destrucción, los monarcas Jerjes y Artajerjes dedicaron grandes esfuerzos en ampliar y magnificar la obra iniciada por Darío I.
El emplazamiento de esta ciudad, en una llanura protegida por el monte de la misericordia, no resultaba demasiado apropiado para la seguridad de sus habitantes por no ser el mas adecuado en caso de asedio. Sin embargo, los reyes aqueménidas estaban convencidos de su superioridad política y militar, y no se consideraban amenazados por ningún enemigo. Por ello eligieron este lugar, por estar cerca de un río y rodeado de bosques, lo que era ideal para una vida placentera. La riqueza que se acumuló esta ciudad era incalculable según Plutarco. Y Alejandro Magno necesitó 500 camellos y 100 asnos para llevarse los tesoros guardados allí incluida la biblioteca.
Hoy a través de esta ruinas muy bien conservadas, vemos la Puerta de las Naciones, desde donde eran distribuidos los visitantes que llegaban a la ciudad. Tiene tres puertas, y en la primera se erigen dos grandes toros que rivalizan con los de la puerta este que tienen cabeza humana y alas de pájaro. A continuación se encuentra ubicada la Apadana que fue el salón de recepciones de Darío I que podía albergar a 10.000 personas. Durante las fiestas de equinoccio de primavera los monarcas de los estados vasallos se reunían para ofrecer su tributo anual al rey de reyes aqueménida.
Tras la reciente noticia habida en IRÁN de poner en funcionamiento la llamada campaña del "mal velo", consistente en incrementar la vigilancia respecto de la vestimenta de la mujer, por parte de los guardianes de la revolución e incluso del ejército (lo que haga falta), tengo que hacer notar que ya en el viaje de ida, y antes de aterrizar en el aeropuerto internacional de Teherán, el piloto nos recordó que el reglamento islámico obliga a la mujer a cubrirse cabeza y cuello con el hiyab o pañuelo. Por lo que todas las mujeres de aquel vuelo procedimos a cubrirnos, y así hasta el viaje de vuelta. Solamente en la habitación del hotel podía descubrirme y estar a mi libre albedrío.
Lo curioso fue que en el vuelo de vuelta, de la compañía Alitalia, todos los velos cayeron excepto el de una joven iraní. Todas sus compatriotas al igual que las occidentales, se transformaron. Ya no solo quitándose el pañuelo, sino que las gabardinas también fueron cambiadas por camisetas con o sin tirantes. ¿Devoción o imposición? Sirva para la reflexión.

A pesar de todo el viaje es muy interesante, y la antigua Persia nos espera a todos.

viernes, 13 de octubre de 2006

Crónicas Viajeras: Namibia

Nuestros amigos Pilar y Ricardo nos cuentan la segunda parte de su viaje por el sur de Africa.

2ª PARTE: NAMIBIA. DESIERTO DEL NAMIB: Sossusvlei. SWAKOPMUND

Iniciamos el viaje hacia Namibia un grupo internacional de dieciocho personas. Italia, Estados Unidos, Austria, Inglaterra, Australia, Suiza, Argentina, y España, son las nacionalidades integrantes del mismo. Nuestro chófer-guía, sudafricano, y nuestra cocinera, de Namibia, completan el grupo. El camión (fundamental) me asemeja a un tanque aunque de color blanco. Está habilitado perfectamente, por dentro y por fuera, para este viaje de 6.073 KM que durante veinte días nos va a trasladar a través de cuatro países: Sudáfrica, Namibia, Botswana y Zimbabwe.
Partimos de Ciudad del Cabo, con las todas las expectativas e ilusiones por delante. Hasta el día siguiente no cruzaremos la frontera con Namibia. Mientras esto sucede, vamos atravesando el paisaje sudafricano por zonas rurales dedicadas a viñedos, y asimismo a árboles frutales de cítricos. Sudáfrica es principal exportador de vinos, la industria bodeguera de Sudáfrica genera anualmente más de 2.000 millones de euros, con productos que nacen fundamentalmente en los viñedos del sur del país, donde la tradición vinícola se remonta a las primeras cosechas de 1865.
Durante el "apartheid", los negros tenían restricciones para la compraventa de licores y no podían entrar en la industria vinícola. Sólo a partir de 1962 los negros pudieron comprar alcohol en tiendas de los blancos. En la comunidad negra todavía es un tabú compartir una botella de vino con la familia.
Participamos en una cata de vinos en una bodega de la zona, que me hace evocar los vinos del Somontano, y como no, los de la Rioja. El paisaje que se va sucediendo en esta zona llama nuestra atención por la cantidad de flores que integran el mismo. Miles de flores, de color, amarillo, naranja y fucsia, conforman una panorámica colorista y singular.
Nos cuesta un buen rato pasar la frontera con Namibia. El "careto" de los aduaneros hace que nadie se atreva a gastar una mínima broma. Objetivo cumplido, llegamos hasta la orilla del río Gariep donde nos alojaremos esa noche. A la mañana siguiente, algunos por medio de canoas bajan por el curso del río en una excursión placentera. Otros leen o pasean por sus orillas disfrutando del relax.
Temprano por la mañana nos dirigimos hacia el Cañón del río Fish, situado cerca de Keetmanshopp. Es la estructura geológica más espectacular de Namibia. Las panorámicas sin impresionantes. La profundidad del cañón de más de 500 metros se hace notar. Llegamos cuando va a amanecer, y el sol poco a poco se va levantado a medida que lo vamos recorriendo. Después del Cañón del Colorado (EE.UU.), éste es el segundo mayor del mundo. Después de milenios este es el resultado de una combinación entre las fuerzas telúricas y la acción de las aguas del río Fisch. A lo largo del borde del precipicio, hay varios miradores donde los estorninos de ojos rojos nos observan mientras lo sobre vuelan.
Seguimos carretera y nos dirigimos hacia el bosque de los Kokerboom o árbol del carcaj cerca de Keetmanshoop. Este árbol es una especie de aloe que suele crecer aislado, pero en esta zona se ha formado un bosque integrado por más de 250 árboles, que crecen entre afloramientos rocosos basálticos. Este árbol solo crece en las zonas áridas de Namibia. Antiguamente la tribu de los San utilizaban sus ramas para construir el carcaj donde llevaban sus flechas. Es muy resistente a la sequía, alzándose vigilante sobre las zonas yermas y rocosas de la meseta del Harveld. Vemos que los hay muy altos, algunos llegan a los cinco metros de altura, y pueden alcanzar los 200 y 300 años de vida.
El paseo por este bosque árido de Kokerboom bajo un fuerte sol de mediodía nos sorprende con la visión de los dassies que allí habitan. Son pequeños animales que viven entre las rocas, en sus madrigueras, y salen de éstas saltando de roca en roca animados por el radiante sol.
Cerca de este bosque se halla el llamado "Patio del Gigante", ó "Campo de juego del Gigante". Aquí contemplamos enormes formaciones rocosas que son obra de la naturaleza sin intervención de la mano del hombre. Grandes bloques rocosos superpuestos que son los restos de las rocas basálticas que se introdujeron en los sedimentos karoo hace unos 180 millones de años. La erosión posterior ha eliminado los sedimentos y las rocas más débiles dejando al descubierto las rocas más resistentes.
Al día siguiente visitamos el desierto del Kalahari para ver a los bosquimanos que aún viven allí en sus poblados. Estos no se visitan, siendo necesario para ello una autorización basada en una investigación a realizar para obtenerla. A medida que avanzamos con el jeep por el desierto nos inunda la tonalidad rojiza que predomina en él, combinada con distintos arbustos típicos de esta zona y alfombrado con hierbas altas casi albinas. Pájaros, orix, impalas, avestruces, se cruzan ante nuestros ojos.
Dos bosquimanos nos esperan al final del camino. Relatan con su lenguaje a base de "chasquidos" (debidamente traducido por un guía local), cómo vivían y sus costumbres mas ancestrales. Cómo era su forma de cazar, la fabricación de las flechas para la caza de animales con tendones de avestruces, las trampas que utilizaban. Nos enseñan cómo es la vida en el desierto. Dónde viven los escorpiones, cómo cavan hacia adentro en espiral para no ser atrapados por animales depredadores. Dónde viven las termitas. Cómo ponían trampas para avestruces de forma que éstas quedaban atrapadas por el cuello inmovilizadas, siendo utilizada su carne para comida, y su piel para confeccionar sus vestidos. Las plumas se quemaban y servían para ahuyentar a los animales carroñeros. Nada se desperdiciaba.
La escenificación de su relato es muy divertida., enseguida se "hacen" con el grupo. Los bosquimanos son pequeños, fibrosos, y muy fuertes. Las mujeres y los niños se quedan en los poblados mientras los varones dan a conocer de esta forma a su raza y sus tradiciones, a la vez que obtienen un beneficio que les ayuda a mantener su "modus vivendi" ahora que la caza ya no es su forma de vida.
Haciendo un poco de historia, hay que recordar que a principios del siglo XX, pequeños grupos de cazadores recolectores vivían distribuidos por Namibia en armonía con la naturaleza. Hubo un exterminio de ellos a principio de siglo, y los que sobrevivieron fueron en general asimilados por otros grupos culturales, ó desposeídos de sus zonas tradicionales de caza y recolección finales de la década de los años 70 muchos varones fueron reclutados como soldados por la South African Defence Force (SADF), y cuando ésta abandonó Namibia quedaron en situación de indigencia, especialmente los mas jóvenes que no sabían las técnicas de caza y recolección.
Por la tarde del mismo día, vamos hacia el desierto del Namib, hacia las dunas de Sossusvlei, entre ellas la más fotografiada, la Duna 45. Nos alojamos en un campamento para al día siguiente temprano hacer la visita. Nos acompaña una guía "japonesa", que vino hace ocho años a visitar el país y se quedó aquí. Con ella vamos viendo cómo es la vida en esta desierto del Namib. Recorremos un lago formado al pie de las dunas, debido a la abundancia de lluvia que ha habido en el presente año. Esto no ocurre sino una vez cada diez años aproximadamente.
Aquí nacen distintas plantas propias del desierto, alguna de ellas contiene agua que es utilizada para beber por los bosquimanos en tiempo de necesidad y sequía. Una de ellas es originaria de Sudamérica, y llegó a través de las caballerías adaptándose a la vida en el desierto. Nos enseña el nido de una araña dentro de la arena. Vemos madrigueras de jerbos, cuyas huellas aparecen claramente en la arena. También escarabajos y lagartos que se han adaptado a las casi estériles dunas. Comprobamos que hay vida, y mucha, en el desierto.
El paseo por las dunas es alucinante. El colorido es precioso, no hay que olvidar que el Namib es un lugar fascinante. Distintas gamas de marrones y cobrizos se mezclan con el verde de los arbustos y las plantas casi albinas que pueblan el desierto. El desierto está vivo, 300KM de largo y 150 KM de ancho lo atestiguan. Las más antiguas y altas dunas del mundo están aquí. La arena es cálida entre mis dedos. Está caliente, me acaricia.
Desde la cima de una de las dunas el paisaje es magnífico. La luz del sol se filtra dejando distintas tonalidades en ellas. Juego de luces y de sombras. Nos deslizamos descalzos por la arena en la bajada, patinando lenta y suavemente.
Vamos hacia un lago muerto, "Dead Vlei" que nos ofrece distintos paisajes diferentes a los anteriores. al regreso, nuestras huellas en la duna se alternan con pequeñas huellas de los jerbos. Naturaleza y hombre se unen nuevamente en perfecta armonía.
Estas espectaculares dunas de Sossusvlei y el cañón de Sesriem que vemos posteriormente, ponen al descubierto millones de años de historia geológica contrastando fuertemente con las llanuras pedregosas. A unos 4 KM al sur de Sesriem, el río Tsruchab ha excavado un estrecho y profundo cañón en un lecho de conglomerado. Tras las lluvias copiosas de este año, las lagunas del cañón conservan agua durante meses. Sesriem significa 6 correas en "afrikaans", en referencia a la manera en que los primeros exploradores sacaban el agua de las lagunas atando un cubo al extremo de seis correas de bueyes.
La jornada termina con la subida a la duna 45. No es la más alta, pero si una de las mas accesibles desde la carretera. Y desde la cima se ve una panorámica impresionante: el desierto del Namib y las dunas de Sossusvlei están a nuestros pies, sintiéndonos más pequeños ante esta inmensidad.
Swakopmund, es nuestro próximo destino, pasando por Walvis Bay. Es una pequeña localidad de unos 20.000 habitantes, que tiene a un lado la playa y al otro, las dunas. En éstas se pueden hacer diversas actividades deportivas de riesgo como Quads o Snowboard. De camino, cruzamos el Trópico de Capricornio y a lo largo del rió Kuiseb vemos el cañón del mismo nombre. Es un espectacular cañón a unos 165 Km. de Swakopmund. zona salvaje, desértica, cruzada por un laberinto de cursos fluviales secos que desembocan en el río Kuiseb. También atravesamos el paisaje lunar que bordea el valle del río Swakop formado hace millones de años cuando sus miles de afluentes erosionaron blandos depósitos de 450 millones de años de antigüedad. Cerca de aquí existe un promontorio y otras formaciones geológicas, desde el mirador de Carp Cliff, que fue inmortalizado en una novela en la que se cuenta la historia de dos geólogos alemanes que no querían participar en la 2ª guerra mundial, y para evitarlo se refugiaron en estas montañas huyendo al desierto. Aquí, en Carp Cliff, se las arreglaron para sobrevivir cazando, pescando y cultivando vegetales en las orillas del río Kuiseb.
Al llegar a Walvis Blay, el espectáculo de cientos de flamencos nos sorprende en el atardecer. Bonitas casas de color pastel circundan la orilla. Esta localidad costera es la antesala de Swakopmund. En esta ciudad se mezclan, por un lado, los bonitos edificios coloniales (restos y recordatorio de la colonización alemana), como la casa Woermannhaus de 1.905, construida con estilo entramado; la casa Hohenzollernhaus de 1.906 con alto tejado abuhardillado y elaboradas molduras con la estatua del Atlas en lo alto; y el Alte Gefangnis, edificio colonial que albergó la cárcel de la ciudad desde 1906 a 1.991; con la realidad de las barriadas donde la gente de color vive o sobrevive.
En estas barriadas viven Damara y Ovambos, ambas son tribus mayoritarias en Namibia. Hasta hace poco las escuelas eran de dos tipos, para gente blanca y para gente negra. Está situación va cambiando, aunque la situación es igual en la escuela primaria ya en la secundaria existen clases mixtas, solo así se podrá ir caminando hacia la unificación o integración dentro de la escuela, primera vía para lograrla en la sociedad.
Vamos a ver a la jefe de la tribu de los Damara. Es una mujer mayor, vestida con su traje tradicional tocado con pañuelo a la cabeza. Ha sido elegida por un consejo integrado por diez personas como la más adecuada para este cargo. A ella se le consultan las disputas y diferencias existentes entre los miembros de la tribu. Contesta a nuestras preguntas amablemente, vive en una casa sencilla. Está en la zona más habitable de esta barriada. con luz y agua corriente.
Otra zona la conforman las casas de la gente mas desprotegida. Construidas con plásticos y cartones, comparten una toma de agua para cuarenta viviendas, Aquí viven aquellos que han solicitado un crédito al gobierno para poder construir su casa de cemento en la otra zona. Mientras éste es concedido aguardan aquí. Esta tarde no hay escuela, y los niños con acompañan en nuestra visita. Veo gente resignada y organizada dentro de lo que cabe. Visitamos una de las casas y tomamos té en ella. La pintura y la imaginación en la decoración de la misma suple otras deficiencias. Una cena tradicional completa nuestra interesante visita, que dista mucho de las céntricas calles de la ciudad con sus reminiscencias alemanas.

Author Info

About

Sample text

Recent Posts

Featured Posts

Followers

Featured Posts

Follow us on facebook

Navigation-Menus (Do Not Edit Here!)

Find Us

Social Icons

Contact Us

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Contact

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Feature Label Area

SLIDE3

Popular Posts