lunes, 1 de julio de 2013

A la caza de la Auroras Boreales (y IV)

Cómo fotografiarlas...
Hacer fotos de auroras no requiere grandes conocimientos teóricos ni un gran equipamiento, pero si unos mínimos requerimientos que harán que nuestras fotos tengan un aspecto bastante aceptable. He aquí cómo:
El Equipamiento básico consistiría en un trípode robusto, un cable  disparador (intervalómetro si pretendemos utilizar la técnica time-lapse), una cámara SLR, es decir, un réflex digital y un buen objetivo, a poder ser gran angular o incluso “ojo de pez”, pero que sea todo lo luminoso que nuestro presupuesto nos permita. Lo interesante es que esta cámara tenga buena calidad con ISO alto, es decir, que aunque le pongamos una sensibilidad de 800 ó 1600 no se note el ruido en la imagen. Aunque seria deseable,  “tirar” la foto en formato RAW, si no sabemos procesar la imagen correctamente en dicho formato, mejor hacerlo en JPEG de la mejor calidad posible. Debemos tener en cuenta que en una cámara de aficionado el procesado de la imagen que hace la propia cámara si tenemos seleccionada la opción de “reducción del ruido” suele durar el mismo tiempo que la toma, si tiramos en formato RAW este proceso puede ralentizarse algo más. Si la cámara lo permite podemos disparar en formato RAW y JPEG y así tendremos dos calidades. Algunos expertos recomiendan quitar esta opción con el fin de poder tomar imágenes más seguidas, sobre todo si queremos realizar un time-lapse.
Deberemos colocar tanto la cámara como el objetivo en modo “manual”, para evitar que actúe el autofocus de manera automática. Realizamos el enfoque manualmente tomando como referencia alguna estrella brillante o si está presente, la Luna y enfocándola correctamente teniendo cuidado de mover el anillo de enfoque. Utilizar la opción LiveView que tienen muchas cámaras nos puede ayudar a mejorar el enfoque. La velocidad de obturación debemos dejarla en la opción B (o modo Bulb en inglés) para así decidir nosotros el tiempo.

Como decíamos el objetivo debe ser luminoso f2.8 o incluso mejores como f1.8. Si no disponemos de un objetivo de estas características deberemos aumentar el tiempo de exposición con lo que las estrellas puede ser que no aparecerán como puntos sino como líneas. Como la exposición es inversamente proporcional al cuadrado de su apertura, significa que una lente con f 2,8 necesitará cuatro veces más tiempo para capturar una imagen que una de f 1,4. Por ejemplo con un objetivo f/1.4 solo necesitaremos 7,5 segundos, pero con un f/3.5 podemos llegar a los 50.
Para el movimiento al apretar el botón de disparo, deberemos hacernos con un cable disparador, que también puede ser inalámbrico, aunque no es recomendable por los posibles fallos causados por las bajas temperaturas y la duración de las baterías.
Los tiempos de exposición normalmente varían de los 8 segundos a los 40. Todo depende de nuestro objetivo y del brillo de la aurora. Por ejemplo, un tiempo de exposición para ISO 800 y f/2.8 sería de unos 30 segundos o menos. Pero todo depende del tipo de formación auroral que queramos fotografiar. Si la aurora se mueve despacio o permanece más o menos estable podemos poner tiempo más largos, pero si es del tipo “cortina de Luz” que ondea encima de nuestras cabezas las tomas tendrán que ser más rápidas para que no nos salga una imagen difuminada. Para evitar esto deberíamos emplear objetivos muy luminosos y olvidarnos de los objetivos que tengan, por ejemplo, f4 o superiores. Utilizar sensibilidades entre ISO 400 a 1600 suele ofrecer excelentes resultados.
Un problema grave de este tipo de fotografías es que se realizan en una naturaleza extrema. Debido a esta circunstancia los componentes de la cámara se ponen a prueba, sobre todo las baterías. El frio extremo (es fácil bajar de los 20 grados bajo cero) hace que éstas se agoten rápidamente por lo que convendrá llevar más de una para poder intercambiarla y tener así más tiempo para fotografiar. La de reserva conviene que la guardemos hasta su utilización en algún bolsillo bien resguardado de las gélidas temperaturas, para que mantenga intacto su voltaje. Con la que cambiemos haremos lo mismo ya que cuando vuelva a estar a temperatura “normal” recuperará gran parte de su carga inicial y podemos volver a emplearla si hiciera falta. También sería interesante disponer de una tarjeta de memoria que aguante estas condiciones. Los modelos “Extreme” de la marca Sandisk están diseñados para estos entornos tan poco habituales.
A la hora de hacer fotos la presencia de la Luna tendrá sus pros y sus contras. Su luz ilumina el cielo, y por lo tanto reduce la intensidad de la aurora. Además su presencia a veces puede presentar problemas de reflejos en las lentes del objetivo si no tenemos cuidado. En contrapartida el paisaje cercano que aparece en la foto estará ligeramente iluminado ofreciendo interesantes elementos de composición de la imagen. Si la noche es oscura deberemos llevar una linterna o un frontal, a poder ser un algún led de color rojo para que cuando lo encendamos nuestra pupila no se contraiga y perdamos capacidad visual nocturna. Si lo hacemos con luz blanca nuestros ojos tardarán unos 10 minutos en adaptarse otra vez a la oscuridad de la noche.
Las noches sin Luna ofrecer oportunidades para exposiciones prolongadas permitiéndonos realizar fotos en la que se vean los trazos de las estrellas y perfilando sobre este fondo estrellado el contorno de montañas o de árboles.

Otros consejos:
  • No está demás incluir algún elemento del paisaje en las tomas. Sueles hacer las fotos más atractivas y nos permiten tener un punto de referencia visual que nos haga tener una idea del tamaño de la aurora. Si el objetivo es bueno y luminoso será fácil que aparezcan en las fotos estrellas y constelaciones, incluso cometas como ha ocurrido recientemente, que harán la foto más espectacular si cabe.
  • No colocar ningún filtro delante del objetivo, ni siquiera el más habitual UV, ya que tienden a distorsionar la belleza de las auroras y degradar la imagen.
  • Si nuestra cámara tiene la opción de  "reducción de ruido" deberemos colocarlo en “AUTO”.
  • El “balance de blancos” debemos colocarlo en una temperatura de color de 4000K, si no podemos seleccionar esta temperatura lo colocaremos en modo "AUTO".
  • No estaría mal hacer un reconocimiento de la ubicación desde el que haremos la observación en pleno día y así elegir un buen terreno llano y con buen campo de visión.
  • Deberos alejarnos de núcleos urbanos para evitar en todo lo posible la contaminación lumínica.
  • Conviene proteger y cubrir los objetivos, sobre todo la lente frontal, pues nos ayudará a prevenir la formación de condensación en el interior del equipo, porque cuando se pasa de un entorno excepcionalmente frío a un espacio mucho más cálido, como puede ser un coche o una habitación, todo el exterior de la cámara se cubre de una capa de hielo y pueden formarse gotitas en el interior del sensor y del objetivo.
  • Hay que procurar no respirar directamente en el visor de la cámara, cerca de la lente del objetivo o LCD, ya que se empaña fácilmente pues a estas temperaturas tan bajas se cubre de hielo.
  • Por supuesto NUNCA utilizar el flash. Solo lo emplearemos cuando queramos sacar en primer término una persona y de fondo la aurora. Para ello, lanzaremos el flash sincronizado a lo que se conoce como “cortinilla trasera”, de este modo se verá a la persona y a la aurora.
  • Y por supuesto abrigarse mucho y evitar en todo lo posible quitarse los guantes para manipular la cámara, ya que como mínimo tendremos que soportar temperaturas de –15oC, aunque será fácil llegar a los –25oC.
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Más información sobre auroras polares:
www.swpc.noaa.gov
sdo.gsfc.nasa.gov/
www.spaceweather.com
helios.swpc.noaa.gov/ovation/
sohowww.nascom.nasa.gov/
www.solarphysics.kva.se
www.gi.alaska.edu/AuroraForecast
www.ccme.es/
vimeo.com/25811412
www.asc-csa.gc.ca/eng/astronomy/auroramax/connect.asp
twitter.com/AuroraMAX
www.iac.es/adjuntos/www/auroras.pdf
www.spaceweathercenter.org
www.auroraskystation.com/live-camera/9/
www.shelios.com
astronomynorth.com/
www.auroraskystation.com/live-camera/9/
www.asc-csa.gc.ca/eng/astronomy/auroramax/connect.asp



  

sábado, 22 de junio de 2013

A la caza de la Auroras Boreales (III)

Donde se pueden ver...
Ver estas hermosas llamaradas celeste no es sólo una cuestión de situarse al norte del globo terráqueo. Contrariamente a lo que podría pensarse, las auroras no son más fuertes en el polo magnético, ya que la mayor actividad auroral se suele desplazar a unos 20 grados más o menos de este punto. Las auroras generalmente rodean al planeta en una banda más o menos circular generada al presionar el viento solar a la magnetosfera, consiguiendo que esta banda se abulte pareciéndose a un óvalo. Cuanto mayor es el viento más se extiende hacia el sur el ovalo auroral. Este “cinturón o anillo” suele tener en condiciones normales un radio de unos 2500 kilómetros y está centrado en el polo norte magnético, que no coincide con el polo norte geográfico, sino que se sitúa al norte de Canadá. Lo mismo ocurriría en el polo austral. Este capricho es en realidad bastante conveniente para los aspirantes a ver una aurora ya que significa que no debemos estar casi en los polos rodeados de osos polares y un océano helado bajo nuestros pies, sino que podemos verlas en lugares no tan remotos e inaccesibles. La zona más delgada del óvalo auroral se encuentra siempre en el lado diurno terrestre, es decir donde es de día, mientras que la parte más gruesa se localiza en la zona nocturna terrestre. Hay lugares en la Tierra que pueden verlas unas 200 o incluso 250 noches al año, en función del ciclo de manchas solares. Estas regiones están situadas en una región circular alrededor de los polos magnéticos norte y sur y entre 65 y 75 grados de latitud. Sin embargo, estos lugares están distribuidos alrededor de una banda ovalada que gira alrededor de la zona auroral. Todo el norte de Norteamérica, Islandia, sur de Groenlandia y Laponia (la parte norte de Finlandia, Noruega y Suecia) se incluyen también entre las zonas de mayor probabilidad de verlas. Sin embargo la remota Siberia se pierde muchas de las auroras debido a que el polo magnético está desplazado hacia la región opuesta del polo, hacia Canadá como decíamos antes. Una curiosidad es que la ubicación exacta del polo norte geomagnético varía, desplazándose unos 60 kilómetros cada año. En la actualidad se halla cerca de la isla de Ellesmere en el extremo norte casi deshabitado de Canadá y se dirige al norte hacia Rusia. 
Si uno examina el cielo en busca de auroras, siempre hay que mirar hacia el horizonte norte, sobre todo cuando hay poca actividad o se está situado muy al sur. Con un poco de suerte, por encima del círculo polar ártico se pueden ver auroras boreales muchas noches sobre todo cerca del máximo solar que se produce, como hemos visto anteriormente, más o menos cada 11 años. Desde el sur de Escandinavia, los avistamientos se producirán sólo unas pocas veces al mes, mientras que en el centro de Europa apenas algo más que un par de veces al año, pero  incluso se han sido vistas desde el mediterráneo, pero sólo unas pocas veces cada siglo. Se calcula que en la zona del ecuador puede verse una aurora cada 200 años. En España, es muy raro ver este fenómeno. La probabilidad es más o menos de una al año en el norte del país, pero casi nula conforme nos movemos hacia el sur. No obstante, en el último máximo solar del año 2000 se pudo ver una el 6 de abril en toda la costa levantina y los más mayores quizás recuerden una que se pudo ver incluso desde Andalucía en plena Guerra Civil en 1938.
En el hemisferio sur, si quitamos la inaccesible Antártida y parte del océano antártico, sólo se pueden vislumbrar, durante una tormenta, a partir de Tasmania y el sur de Nueva Zelanda. Las luces del norte y del sur se producen simultáneamente y son casi imágenes especulares una de otra aunque menos activas las segundas.
En el centro y norte de Alaska (Fairbanks, Barrow, Fort Yukon, Prudhoe Bay, Bettles y al norte de la Dalton Highway Coldfoot) y los Territorios del Noroeste en Canadá(Yellowknife, Dawson City, Gillam, Fort Nelson o Fort McMurray), son lugares magníficos para ver las luces del norte, pero nos caen un poco a desmano. También algo complicado de llegar es a la ciudad rusa de Murmansk en el extremo noroeste del país, concretamente en la península de Kola en el mar de Barents y más o menos cerca de la frontera finlandesa.
De más fácil acceso, el sureste de la gran isla de Groenlandia (Kulusuk, Tasiilaq, Sermiligaaq, Kuummiut, Tiniteqilaaq o Isortoq) es otro lugar estupendo al que acercarnos. En Islandia (la isla Grimsey, Akureyri, Snæfellsnes o Ísafjörður) y Noruega debido a su situación cercana al mar, suelen tener bastante días nublados, pero al estar el clima influenciado por la mezcla del aire cálido de la corriente del Golfo y el aire frío del Ártico, el tiempo puede cambiar rápidamente, y con frecuencia una densa capa de nubes puede dar paso a una noche despejada. Sin embargo, en zonas interiores de Suecia y Finlandia al estar más alejados de la humedad marina, el clima es más seco y la posibilidad de nubes es menor. Varios lugares de Escandinavia son típicos para ver las auroras. En Noruega las islas Lofoten, cabo Norte , Alta, Hammerfest, Longyearbyen en la isla Svalbad y la ciudad de Tromsö, conocida como la capital de las auroras. En Finlandia, al norte de la ciudad de Rovaniemi, Ivalo y a orillas del lago Inari, y en Suecia, Kiruna y sobre todo la pequeña población de Abisko. No cabe la menor duda de que el tema económico es importante a la hora de hacer un viaje para ver este espectáculo natural. Por suerte en Europa, en los meses de invierno desplazarse más allá del círculo polar ártico no es difícil y hacerlo en avión es hasta cierto punto barato. Por ejemplo llegar a Abisko, situado a una latitud de 68° 21’ N y a 250 kilómetros en el interior del círculo polar, nos puede costar menos de 400 euros ida y vuelta desde España. En avión hasta Kiruna, vía Estocolmo, y luego un tranquilo viaje de poco más de hora y media en tren hasta la STF Abisko Turiststation, en el Abisko National Park. Situado en la esquina superior del noroeste de Suecia, en la Laponia, es una vasta extensión de llanuras, bosques, montañas, glaciares, lagos y ríos árticos. Se trata de una zona remota, salvaje y con una climatología con pocos días de nubes (marzo es el mes que menos nieva) en comparación con otras zonas nórdicas. Por todo esto, es un lugar excelente para la observación de las auroras. Además durante el día se puede practicar esquí alpino, esquí de fondo, raquetas de nieve o desplazarse en trineo tirado por perros o en motos de nieve. Y por supuesto conocer las costumbres del los habitantes de estos inhóspitos territorios, el pueblo indígena sami.
Una última opción es coger un vuelo que tenga ruta nocturna e invernal por el norte de Europa o bien vuelo desde Escandinavia a Estados Unidos o viceversa. Con un poco de suerte, y al estar más altos que las nubes, quizás tengamos la suerte de ver una aurora  por la ventanilla. Por eso se recomienda coger asiento en el lado derecho del avión si volamos hacia el Oeste y al revés si lo hacemos hacia el Este.
Cuando se pueden ver...
Los mejores meses para ver auroras boreales, van desde septiembre-octubre a marzo-abril y con más probabilidad coincidiendo con los equinoccios. Según la web SpaceWeather.com, estadísticamente hablando, marzo es el mes más activo geomagnéticamente del año, y octubre está en un cercano segundo lugar. No se sabe exactamente la causa pero durante la primavera y el otoño, el campo magnético interplanetario y el terrestre se enlazan. Sobre todo la primavera es temporada de auroras. Por razones no completamente entendidas por los científicos, las semanas alrededor del equinoccio vernal son propensas a la aurora boreal. Puede ser simple cuestión de geometría: como la Tierra gira alrededor de su órbita, los polos magnéticos terrestres están inclinados y forman ángulos diferentes con respecto al Sol, y cerca de los equinoccios, el campo magnético de la Tierra está mejor orientado para "conectarse" con el viento solar. Las perturbaciones geomagnéticas tienen casi el doble de probabilidades de ocurrir en la primavera y el otoño que en invierno y verano, de acuerdo a 75 años de registros históricos de la NASA.
Los largos períodos de oscuridad y la frecuencia de las noches claras durante el inverno boreal ofrecen muy buenas oportunidades para observar las auroras. Sin embargo, durante el verano del hemisferio norte, la luz solar impide ver la aurora en las altas latitudes del norte. A medida que el Sol sube en el cielo hasta el 21 de junio y luego desciende, apenas hay oscuridad suficiente en el cielo. Es el conocido Sol de Medianoche. Aunque debido a que el polo magnético se desplaza hacia América del Norte, las auroras pueden ser vistas, incluso en verano, en esas latitudes.
El mejor momento para observar la aurora es cerca de la medianoche local, desde las 21 horas hasta las 3 de la madrugada, pero se pueden empezar a ver nada más anochecer y su duración depende de varios factores pudiendo durar desde pocos minutos hasta horas, estando incluso hasta el alba iluminando el cielo. La actividad auroral tiende a llegar en oleadas durante la noche, que son llamados subtormentas aurorales. Incluso durante un período activo, habrá momentos de calma, sin embargo, el observador paciente suele ver un nuevo estallido de actividad al cabo de una hora o dos, o incluso menos.
De todos modos, la suerte jugará un papel fundamental. Por ejemplo, dependemos de la intensidad de la eyección solar y de la posición de la Tierra respecto a ella ya que no es lo mismo recibirla escorado 45° respecto a la perpendicular de la eyección que encontrase justo enfrente. Es tan raro que coincida una gran tormenta y que venga justo de frente, que muy pocas personas vivas en las regiones más al sur de Europa o América han visto nunca una aurora boreal.
Predicción de actividad
El pronóstico de la actividad auroral predice la ubicación esperada de las formas más activas de auroras que pueden esperarse para un periodo indicado. Así como tenemos el clima terrestre, también tenemos el conocido como “clima espacial” que son las condiciones y procesos que ocurren en el espacio y que tienen el potencial de afectar el ambiente cercano a la Tierra. Estos procesos incluir cambios en el campo magnético interplanetario, eyecciones de masa de la corona del sol, y perturbaciones en la magnetosfera terrestre. Al igual que los meteorólogos registran las temperaturas, vientos y la presión para predecir el clima, los científicos observan el Sol y el entorno espacial cercano a la Tierra para pronosticar el tiempo en el espacio. Utilizando los datos enviados por naves espaciales y estaciones terrestres de todo el mundo, buscan en la superficie del Sol signos de llamaradas y CME, siguen de cerca el viento solar, miden la energía que fluye en la atmósfera y la distorsión de los campos magnéticos cerca de la superficie terrestre. A partir de estos datos, el NOAA’s Space Weather Prediction Center (SWPC), realiza una predicción del “tiempo espacial” para dar una idea de las condiciones climáticas actuales y futuras del espacio. Estos mismos datos son los que nos proporcionan la probabilidad de ver auroras.
Las auroras son fenómenos en general poco luminosos, por lo que únicamente pueden verse con cielos claros. Las auroras débiles tienen un brillo parecido al de la Vía Láctea, por ello su observación no es sencilla y se ve influenciada por variedad de factores, tales como la cobertura de nubes, la luna y la contaminación lumínica, por lo que se verán fuertemente afectadas por la ubicación y por la suerte de tener un cielo despejado.
La radiación solar viaja a la velocidad de la luz y se puede medir unos minutos después de la erupción gracias a los satélites que tenemos orbitando en los que se conocen como puntos de Lagrange. Sin embargo, las partículas causantes de las auroras necesitan aproximadamente dos días hasta que alcanzan la Tierra. Cuanto más grande haya sido la cantidad de masa expulsada mayor será la posibilidad de ver las auroras.
Gracias a los satélites que continuamente escudriñan el Sol, con es el caso del ACE, se puede predecir una aurora con varios días de antelación. El NOAA Space Weather Outlook* tiene previsiones de hasta 27 días. El pronóstico de la aurora boreal para un lugar determinado mide la actividad geomagnética prevista con el llamado índice Kp o código geomagnético que va de 0 a 9. Por ejemplo, el índice 1 se considera actividad en calma, el de 2, baja, el de 3, moderada, el cuatro activa, el 5 alta y en adelante ya se considera que hay una tormenta solar. Un índice de 1-2 ya garantiza ver las auroras encima de nuestras cabezas en las zonas dentro del ovalo auroral. Cerca de este ovalo y si el índice es bajo se verán sobre el horizonte, pero si el índice alcanza el 4 podremos también verlas encima de nosotros. Si donde estamos hay contaminación lumínica este será el mínimo índice para poder ver algo, por eso es importante alejarse de núcleos urbanos con demasiada iluminación artificial. También es interesante llevar en nuestro smartphone o tablet algún app que nos avise de una próxima actividad geomagnética importante.
Parece claro que en lo que queda de 2013 y todo el 2014 serán años buenos para ver auroras. Luego habrá que esperar otra década...

Algunos Apps gratuitos sobre alertas de auroras para SO Android
y disponible en Google Play:

-Aurora Forecast de TINAC Inc.
-Aurora Buddy de Combatdave.
-Aurora Forecast de Appex

*http://www.swpc.noaa.gov/ftpdir/weekly/27DO.txt





domingo, 16 de junio de 2013

A la caza de la Auroras Boreales (II)

Segunda parte: Formas y colores
F o r m a s
Cuando la actividad es baja la aurora aparece en el cielo como una banda uniforme y tenue. Cuando se hace un poco más activa, la banda comienza a desarrollar líneas verticales o rayos. Los científicos llaman a este tipo de actividad “arco de rayos”. A medida que la actividad auroral aumenta, los rayos son más extensos y comienzan a doblarse sobre sí mismo formándose ondas muy parecidas a las que crea una bandera que ondea al viento. Esta también se conoce como aurora en forma de “cortina”. Esta cortina de luz es más brillante en su parte inferior, y se hace más tenue hacia su parte superior y las partes plegadas de la cortina parecen más brillantes que el resto. Otro fenómeno curioso que ocurre con las luces del norte es el efecto de “baile” que crean en el cielo producto de las oleadas del viento solar y de las distorsiones creadas por la forma del campo magnético terrestre.
Los astronautas en el espacio disfrutan de unas vistas impresionantes de este tipo de fenómenos al situarse por encima de la ionosfera. Sin embargo, nosotros sólo podemos ver una pequeña porción del óvalo auroral, y muchas veces puede llegar a ser complicado para nosotros distinguir una forma definida y mucho más distinguir colores. Desde el suelo, al comienzo de la noche, las auroras pueden aparecer sólo como un cambio leve en el color del cielo que se extiende de este a oeste. Su forma, desde el punto de vista del observador, depende de donde esté situado éste con respecto a ella. Esto se debe a la perspectiva. Cuanto más cerca estemos del óvalo auroral, más alta en el cielo aparece la aurora. Sin embargo cuando estamos lejos vemos largas formas curvadas que se extienden por todo el horizonte.  Cuando la aurora está directamente encima de la cabeza del espectador y los rayos parecen converger directamente sobre su cabeza, recibe el nombre de vista cenital y lo que vemos se asemeja a  unos enormes telones danzaran mecidos por el viento, como si nos cayera encima una lluvia de luz. A este tipo de aurora se le llama Corona. cuyo borde inferior cuales termina a unos 55 kilómetros sobre nosotros. Cuando la actividad es muy intensa, la forma de la cortina es más difícil distinguirla y se difumina por todo el cielo.
Parece que algunos observadores han llegado a escuchar sonidos, como chisporroteos o chasquidos, provenientes de las auroras. Aunque no está avalado científicamente ni hay estudios concluyentes podría ser que el campo magnético cree una carga electrostática que hace “sonar” las ramas de los árboles tan comunes en estas regiones.


C o l o r e s
El aire que respiramos está compuesto principalmente de nitrógeno y oxígeno, a pesar de que nuestro cuerpo utiliza sobre todo oxígeno. Así que durante una tormenta solar, como es lógico son estos dos elementos los que más se excitan y emiten los colores de la luz que vemos.
Cuando los electrones caen a un estado de menor energía, un átomo de oxígeno normalmente emite en una longitud de onda diferente de la que, por ejemplo, emite un átomo de nitrógeno. Esta variedad se llama espectro de emisión. Cada elemento tiene su propio espectro de emisión característico. Puesto que la energía es la luz, el color de la luz emitida en una aurora corresponde a una longitud de onda específica del espectro electromagnético. Los colores resultantes son reflejo de los gases que allí se encuentran. El más habitual es el color verde o verde amarillento que tiene su origen en el oxígeno que se encuentra en altitudes más bajas (alrededor de 60 kilómetros de altura). El más raro rojizo es también debido al oxígeno pero cuando reacciona con las partículas del sol a altitudes de 200-250 km. El azul-violeta se puede ver a menudo, a unos 120 Km de altura, y es debido al nitrógeno. Además cada color tiene un rango de altitud específica. La transición del oxígeno tarda menos de un segundo en emitir la luz verde y hasta tres minutos para hacerlo la roja. Así, en la atmósfera superior, donde el oxígeno es más abundante y el aire es menos denso, las colisiones son poco frecuentes y la transición del rojo tiene tiempo suficiente para que ocurra. En altitudes inferiores a 200 km no hay suficiente tiempo entre colisiones para esta transición, y solo podemos ver la del verde, la más común. Cuando hay una actividad muy alta, a unos 100 Km, el nitrógeno añade franjas rosáceas cerca de la parte inferior de la aurora. Algunas transiciones del nitrógeno ocasionalmente emiten luz azul, y gases más ligeros en la alta atmósfera como el hidrógeno y el helio pueden producir color azul o púrpura, pero estos colores son muy difíciles de distinguir.

Desgraciadamente y debido a la situación dentro del espectro electromagnético de las emisiones que producen las auroras es muy complicado que el ojo humano pueda apreciar sus fantasmagóricos colores ya que no es lo suficientemente sensible. Con baja luminosidad, las células de nuestros ojos, llamadas bastones, sólo son capaces de distinguir luz pero sin poder apreciar el color. Nos tendremos que conformar con apreciar un tono ligeramente verdoso pero no por ello menos espectacular. Si el brillo de la aurora es alto, ya seremos capaces de ver colores, sobre todo el verde, el color más común y al que es más sensible a nuestros ojos. Ocurre lo mismo que cuando observamos una nebulosa donde sólo vemos una tenue nubosidad brillante pero somos incapaces de apreciar sus maravillosos tonos rojizos, morados, etc. Por suerte, las fotografías y los videos nos permiten verlas en todo su esplendor.

sábado, 15 de junio de 2013

A la caza de la Auroras Boreales (I)

Primera parte: ¿Qué son?
Las auroras boreales son, sin duda, uno de los espectáculos más fascinantes que la naturaleza nos puede ofrecer, pero desgraciadamente no son fáciles de ver y depende de muchos factores una buena observación. Una aurora polar es un fenómeno celeste luminiscente visible en el cielo nocturno, normalmente en latitudes altas. Este fenómeno fue llamado "Aurora Borealis", nombre dado por el científico francés Pierre Gassendi en el siglo XVII. Aurora, nombre de la diosa romana del amanecer y que en latín viene a significar "alba del norte", puede aparecer como un resplandor en el horizonte septentrional como si el Sol estuviera saliendo por la dirección equivocada. Como en el hemisferio sur ocurre el mismo fenómeno con el resplandor proveniente del sur, la “Aurora Australis”, los científicos prefieren llamarle simplemente "Aurora Polar".
Las auroras son conocidas por el hombre desde tiempo inmemorial. Ya en el año 37 después de Cristo, los romanos vieron lo que pensaron era un terrible incendio reflejado en el cielo. El emperador Tiberio envió un ejército a Ostia para ayudar a las víctimas del fuego. Lo que realmente estaban viendo era una gran aurora roja. Este impresionante fenómeno está profundamente arraigado en la mitología de muchas culturas. Antiguamente las también conocidas como “luces del norte” (northern lights en inglés), eran vistas como advertencias de desastres y otras calamidades. En el norte de Europa se creía que estas luces eran los reflejos emitidos por los grandes bancos de arenque en el cielo. También se referían a ellas como "los incendios que rodean los bordes norte y sur del mundo". En Finlandia se les denomina “revontulet”, que podía traducirse como “los fuegos del zorro”. Según la leyenda, los zorros hechos de fuego viven en Laponia, y las auroras son producidas por las chispas lanzadas a la atmósfera por sus colas. El pueblo sami, mayoritario en toda Laponia, cree que se debe tener especial cuidado y tranquilidad cuando se observan las luces del norte, llamadas “guovssahasat” en idioma sami septentrional, ya que es peligroso burlarse, cantar o reírse pues esta actitud puede hacer que las auroras desciendan sobre el burlador y lo maten. Para los indios algonquinos de Canadá y Estados Unidos las luces son sus antepasados bailando alrededor de un fuego ceremonial. La tradicional del pueblo inuit de Alaska cuenta que los movimientos ondulados de las auroras son sus antepasados. Creen que son los familiares y amigos que se han ido al cielo y marchan o bailar para que la gente les recuerde. Más recientemente los buscadores de oro durante la famosa “fiebre del oro” del Klondike de finales del siglo XIX, creían que las luces del norte eran el reflejo de la veta madre de todo el dorado metal. 
Pero no fue hasta finales del siglo XIX cuando el científico noruego Kristian Birkeland sugirió que las luces del norte eran resultado de la interacción entre las partículas procedentes del Sol y el campo magnético de la Tierra. Organizó varias expediciones al extremo norte de Noruega estableciendo estaciones de observación para recoger datos de las auroras y de la magnetosfera. La confirmación de sus teorías tuvo que esperar a la llegada de la era espacial y a que los satélites pudieran explorar nuestro campo magnético.


Cómo se producen las auroras boreales
Nuestra atmósfera nos separa del hostil y mortal espacio exterior. Está  definida en capas separadas según las características de cada altitud, en particular los cambios de temperatura con la altura. La magnetosfera es la más externa y la más extensa de las capas de esta “piel de cebolla” que es nuestra atmosfera. Curiosamente su origen hay que buscarlo en el interior de nuestro planeta. El continuo giro del hierro fundido del núcleo terrestre crea un imán gigante que es el responsable del campo magnético terrestre. Las líneas de este campo se extienden hacia el espacio exterior más allá de nuestra atmósfera. Esta funda protectora, que nos preserva de las peligrosas partículas de alta energía procedentes del viento solar, no es exactamente esférica. El viento solar empuja a la magnetosfera y la deforma de modo que en lugar de un haz uniforme de líneas de campo magnético, como las que mostraría un imán imaginario colocado en dirección norte-sur en el interior de la Tierra, lo que se obtiene es una estructura alargada con forma de lagrima o cometa con una larga cola en la dirección opuesta al Sol. Nuestro campo magnético es, entre otras causas, responsable de la formación de los misterios cinturones de Van Allen, dos regiones gigantescas en forma de toroide que rodean la Tierra y dénsamente pobladas de electrones y protones de alta energía que se mueven en espiral entre los polos magnéticos del planeta. Se extienden hasta los 60.000 kilómetros.
     Durante los máximos solares nuestro campo magnético, habituado a desviar el viento solar, recibe de pronto una onda de choque altamente energética y no da abasto distorsionando y cambiando la magnetosfera de la Tierra. Las líneas de campo magnetosfera pueden estirarse y romperse. La mayoría de las partículas son desviadas, aunque algunas llegan a entrar en las capas internas del campo magnético y son arrastradas hacia los polos siguiendo las líneas de fuerza. Allí donde nuestra magnetosfera es más débil, entran en contacto con la atmósfera terrestre chocando con las moléculas del aire, nitrógeno y oxígeno en su mayoría, a una velocidad de una décima parte la de la luz. El plasma, o estado de la materia compuesta de electrones e iones cargados, conduce la electricidad y parte de la energía liberada en esos "microimpactos" se libera en forma de luz de diversos colores, las auroras. Éstas se producen en la conocida como termosfera o ionosfera y se mantienen por encima de los 80 kilómetros porque por debajo de esa altitud la atmósfera es tan densa y los choques con las partículas cargadas ocurren tan frecuentemente que los átomos y moléculas están prácticamente en reposo. Por otro lado, las auroras no pueden estar más allá de los 400 kilómetros porque a esa altura la atmósfera es demasiado tenue -poco densa- para que las pocas colisiones que ocurren tengan un efecto significativo. En la ionosfera, el oxígeno (O) y el nitrógeno (N) atómicos y el nitrógeno molecular (N2) se encuentran en su nivel más bajo de energía, denominado nivel fundamental. El aporte de energía proporcionado por las partículas solares perturba a esos átomos y moléculas, llevándolos a estados excitados de energía. Al cabo de un tiempo muy pequeño, del orden de las millonésimas de segundo o incluso menos, estos átomos y moléculas vuelven a su nivel fundamental, devolviendo la energía en forma de fotones de luz. Se necesita miles de millones de estos saltos cuánticos para que podamos ver una aurora. Estamos siendo testigos de la evidencia visible del movimiento de las partículas a lo largo de las líneas del campo magnético de la Tierra.
Curiosamente, las luces de neón funcionan gracias al mismo principio físico.



viernes, 31 de julio de 2009

Isla de Pascua - RapaNui


Sobre la inmensidad azul turquesa del Océano Pacifico, a 3500 kilómetros al oeste de Chile y a más de 2000 kilómetros del archipiélago Pitcairn, en la Polinesia, un pequeño triángulo de tierra de origen volcánico flota sobre las aguas. Es la Isla de Pascua, nuestro destino.
Se considera uno de los lugares más aislados y enigmáticos del planeta, famoso por sus Moais, esculturas hieráticas talladas en la ladera de un volcán y llevadas hasta los altares o Ahu, de sus costas, desde donde miran al interior de la isla, dando la espalda al mar. La isla es conocida como “Te pito o te henua”, que viene a significar "El ombligo del mundo" o también como “Mata ki te rangi”, que se podría traducir como "Ojos que miran al cielo". Hoy en día los isleños la denominan “Rapa-Nui”.
Las 5 horas de vuelo desde Santiago de Chile nos permiten dar un repaso a los datos históricos que envuelven a este interesante lugar. Alrededor del año 400 después de Cristo se sitúa la llegada de sus primeros habitantes. Polinesios de las islas Marquesas navegando en sus canoas o “vakas” arribaron a sus costas procedentes del oeste, desde las actuales islas de la Sociedad.

No sería hasta el año 1722 cuando los primeros europeos pisaron la isla. El holandés Jacob Teggeveen la descubrió para occidente un mes de abril, en domingo de Pascua de Resurrección, dándole el nombre con el que ha llegado a nuestros días. Sería en 1770 cuando España tomaría posesión con Felipe González de Haedo en nombre del rey Carlos III, llamándole San Carlos y trazando el primer mapa de la isla. Fue española hasta 1863. Chile la incorporó a su territorio en 1888, y aunque la historia no ha sido escrita, otro español, Jesús Conte, oscense natural de Abiego por más señas, ha sido uno de los salvadores del Rapanui, la lengua nativa que se remonta en los tiempos y que casi agonizando fue rescatada por él, creando un diccionario etimológico y gramáticas. Gracias a su labor de 15 largos años, el rapanui no sólo se habla, sino que se puede estudiar. Los niños lo hablan hasta llegar a la escuela, donde aprenden español, su segunda lengua. El consejo de ancianos de la isla tiene pendiente dedicarle un homenaje a este gran erudito, fallecido en 2005 en Santiago de Chile, y con una vida tan enigmática como las estatuas que estudiaba. Al final de sus días hablaba y escribía 19 lenguas y se cree que pudo descifrar el conocido como enigma “rongo-rongo”, la primitiva escritura rapanui que sigue siendo un misterio para los investigadores. Tal vez el secretismo sobre los cientos y cientos de apuntes y papeles que dejó en su austera habitación de Hanga-Roa, la capital, se desvelen algún día.
Ya próximos a aterrizar, poco ves en este puntito de color que destaca sobre un mar infinito, pero se adivina una geografía de relieves suaves. Su aeropuerto, el Aeropuerto Internacional Mataveri, es poco más que una larga pista, una minúscula torre y una pequeña terminal que tras sus cristaleras deja adivinar un cielo azul y una vegetación de un verde esmeralda salpicado de colores, como los collares de preciosas flores con los que los lugareños reciben con una cálida bienvenida a los viajeros, bienvenida que entre los paisanos se multiplica con floridas coronas. La única conexión con el mundo es este vuelo que se repite 4 días a la semana, para turistas y autóctonos, con vivieres y materiales necesarios para su subsistencia. Dos veces por semana el vuelo continúa hasta Papetee así que este es una buena escala para llegar a la paradisiaca Polinesia Francesa. Si los vuelos llegan por la noche, el apagón en la isla es seguro, ya que toda la energía va para las pistas. Estos largos cortes de luz son casi diarios y es uno de los problemas más importante a los que se enfrentan los pascuenses ya que el aumento de la población y del turismo, con la creación de hoteles y negocios que ello conlleva, hace que el consumo eléctrico se dispare y que los tres grupos electrógenos, uno de ellos casi siempre estropeado, con los que la isla se abastece de energía eléctrica, no den abasto para todos. Las pérdidas en los negocios y en la calidad de vida se resienten...
No hay muchas posibilidades de equivocarse sobre el camino a seguir en la isla, eso se descubre saliendo del aeropuerto, en el mismo Hanga-Roa, la capital y único núcleo de población. Una agradable brisa nos envuelve, estamos en zona subtropical, en un clima casi perfecto, la carretera que atraviesa la isla nos ofrece un espectáculo fascinante, el mar embravecido a un lado, empujando con fuerza, cubriendo de crestas espumosas enormes piedras de lava, blanco sobre negro. Al otro lado, la vegetación, rodeando pequeñas casitas salpicadas de rojos hibiscos, densa, fuerte, envolvente. Isleños de andares cadenciosos, escasos coches, 2 ó 3 bicis y alguna moto. Caminos de tierra rojizos se dejan vislumbrar a ambos lados, amurallados de verdor, a medida que nos adentramos en la “ciudad”: son sus calles. El conjunto ejerce cierta fascinación.
Tras un reparador descanso decidimos iniciarnos en la gastronomía isleña. Los restaurantes no faltan, considerando que aquí no existe el turismo de masas. Escogemos al azar entre 3 ó 4 recomendados por el personal del hotel donde nos alojamos, y probamos pescado, claro, típico de la isla, por ejemplo el “rape-rape”, parecido a la langosta pero más pequeño y con unas pinzas más anchas, todo aderezado con salsas de coco, naranja y especias. Una delicia. A lo largo de nuestra estancia descubriremos que no importa el restaurante, la carta o el menú, se toma el pescado que ese día traen los pescadores que salen a mar abierto en pequeños botes y que por la tarde están amarrados en una pequeña ensenada rodeada de moais que hace las veces del único puerto de la isla. Sin embargo, su calado es tan escaso que sólo pueden amarrar barcas pequeñas. Por esta razón, casi todo llega a la isla por avión: vehículos, material de construcción, alimentos, etc. y solamente algunos grandes barcos son descargados con la ayuda de otros más pequeños que llevan la mercancía a la costa. Desgraciadamente los habitantes de la isla han visto dificultada la posibilidad de traerse cosas desde el continente ya que hace unos meses abrió en la isla un hotel de superlujo que ha monopolizado la carga de los aviones, sobre todo con alimentos frescos, lo que ha provocado también una fuerte subida de los precios. Hay que recordar que a diferencia de los que ocurre en España con los habitantes de las islas, los isleños pascuenses no tienen ningún tipo de subvención en billetes de avión.
Los Moais

¡Qué impresión!, apenas paseas unos metros los tienes delante. Aquello que hace pocas décadas eran remotos enigmas, hoy esta frente a tus ojos, y tienes que abrirlos y cerrarlos varias veces para sentirlo realidad.
Desde cualquier punto se divisa un paisaje ondulado, infinito, silencioso, verde. El cielo y el mar son los compañeros del viajero, bajo la alargada sombra de las enormes esculturas, algunas muy deterioradas, pero siempre imponentes. En la isla de Pascua el pasado es el presente, estas estatuas siguen poseyendo esta tierra. Cada pocos cientos de metros encontramos moais, de tolva volcánica, la mayoría sobre su respectivo altar de piedras o Ahu, algunos como el de Tongariki, con un moai que mide 14 metros, incluido su Pukao o sombrero de lava rojiza extraída del volcán Puna Pao. El conjunto se completa con 15 moais más sobre una plataforma central de unos 100 metros, al lado del mar, y otros algo más apartados. Las esculturas representan imágenes de medio cuerpo, algunas de ellas con inscripciones, y su rasgo principal son sus largos lóbulos de las orejas, nariz larga, labios finos y mentón prominente. Sólo uno de ellos con ojos, ¡qué impresión! Para la construcción de estos espectaculares esculturas utilizaron como cantera tres volcanes de la isla, principalmente, el Rano Rakaru, con basalto y obsidiana para cortar.
Los Ahu se cree que son enterramientos y existen unos 260 en toda la isla. Están formados por un largo muro, dividido en 3 partes. La central en forma de terraza es donde están colocados los moais que representan los ancestros más importantes de cada linaje. Algunos de estos Ahu tienen forma ovalada asemejando el cascarón de un barco. La zona de los ahu sigue siendo sagrada, y está estrictamente prohibido subirse en él o incluso pisarlo, ¡ojo! al hacer las fotos, se enfadan muchísimo si te ven los lugareños. Aunque estéis solos, por respeto no se debe pisar. Según la historia, delante de estos altares se extendía una plaza donde celebraban sus ceremonias. En torno a ésta se montaban las casas colectivas, de planta oval, con muros de piedra cubiertos de madera y hierba, otras en cambio se cubrían con losas de piedra, como en la sagrada aldea de Orongo, en el que se cree último centro de culto de la isla. En la actualidad se puede visitar una reconstrucción de esta aldea ceremonial, sobre el cono del volcán Rano Kau, de 400 metros de altura, junto a petroglifos que simbolizan el culto al hombre pájaro. La tradición cuenta que era un ciclo anual de ceremonias, culminado con la elección del “Tangata-Maru”, el nuevo rey por un año. La finalidad del ritual era obtener el primer huevo del manutara, una gaviota de la isla, para ello los representantes de todos los linajes nadaban hasta el islote de Motu, donde esperaban al ave. Una vez obtenido el huevo, debían volver a nado, subir los acantilados con el huevo intacto y una vez arriba, entregárselo al Rey. El ganador de esta prueba, gozaba junto a su familia de un gran poder durante el siguiente año.

En el extremo meridional de la isla, apoyada en los petroglifos, que representan a dioses, y desde el borde de la caldera del volcán con fondo de aguas verdosas y viendo el acantilado que cae abrupto al océano, con ese oleaje aterrador, el islote se ve inaccesible, sin contar con los tiburones que habitan esta agua. Una siente un vértigo de infarto pensando en esta historia mitad real, mitad leyenda.

Para calmar emociones seguimos nuestro recorrido por la única vía posible, bacheada por las lluvias y el poco mantenimiento, y siempre respetando el máximo de velocidad marcada en 60 km/h. Para llegar al otro extremo de la isla, Anakena, una de las escasas playas de arenas de origen coralino, blanquísimas, en la costa norte, atravesamos el único arbolado denso de la isla, donde se encuentran escondidos los cobertizos de la más antigua hacienda que aun queda en pie. Al llegar, rodeando los escasos metros de arena que cubre pequeños montículos en una acogedora ensenada, nos recibe un pequeño palmeral con suelo tapizado de verde, salpicado de mesas de picnic y alguna familia con “chiringuito” y puestos de artesanía local. Es domingo y el planeta Tierra ya no parece tan grande al igualarse las costumbres. Un altar de 5 moais completos y otros dos destruidos, preside al lugar y otro ahu, más lateral en lo alto de una pequeña colina domina el conjunto. Al ser festivo algunas familias disfrutan del mar y nosotros desde una pequeña plataforma de madera, admiramos sus aguas cristalinas que aquí llegan más mansas, juguetonas, e invitan a nadar. Al fondo, casi en el horizonte, observamos, con la boca abierta, el paso de una enorme ballena.
Para visitar la isla podemos alquilar un coche, una moto o incluso, si disponemos de más tiempo, se puede recorrer en bici o andando. Recordemos que la isla tiene apenas 21 x 11 kilómetros, su perímetro es de unos 55, y su cima más alta es un volcán de 500 metros. Para visitar con tranquilidad muchos de los 800 moais que se reparten por toda la isla, nos bastarán dos o tres días, además como hay poco turismo los podremos ver casi en absoluta soledad. De este casi millar de moais, 288 están sobre algún Ahu y en la cantera de Rano Raraku podemos ver 397, la mayoría de ellos inacabados. Hay otros 110 dispersos por la isla y algunos pocos en museos del mundo como el British Museum de Londres. Tras ver las cifras parece imposible pensar que todos cupieran en este pequeño espacio de tierra y desde luego no creo haberlos visto todos, ya que muchos están en zonas de acceso complicado por estar los caminos en malas condiciones o estar situados en la zona costera al lado de acantilados. El moai más grande está en la cantera de Rano Raraku y es llamado “el gigante” por sus más de 21 metros y un peso de unas 180 toneladas aunque no llegó a terminarse. Uno de los misterios más curiosos sobre los moais es averiguar porque hay tantos, casi la mitad de los existentes, a medio acabar o volcados a lo largo de la ladera de este volcán.
Excepto en Ahu-Akivi, todos los moais miran al interior de la isla, dando la espalda al mar y nos hablan de la importancia de sus ancestros y linaje. Se cree que los 6 de Ahu Akivi representan los conquistadores de la isla.
Los caballos invaden a menudo la carretera y salen de cualquier recodo, se ven por todos lados, montados y pastando apaciblemente sobre prados y suaves colinas, en preciosas estampas campestres, a menudo junto a vacas, cerdos y gallinas, en un verde que parece recién lavado, justificado cuando la lluvia cae repentina y caudalosa, casi diaria, tras el mediodía o al anochecer.
El paseo por las faldas del volcán-cantera Rano Raraku, es un sueño hecho realidad sobre todo al atardecer cuando los escasos turistas se han ido. Esas fotos de National Geographic, los reportajes de Miguel de la Cuadra Salcedo… y yo sentada sobre piedras milenarias, coronando un volcán, en medio del Océano y rodeada de moais hasta donde alcanza la vista. Es difícil describir esas emociones, ese sentimiento de incredulidad y felicidad.
El domingo hay algo que no debe perderse un viajero de visita en Hanga-Roa: la misa de las 9 de la mañana. Es un encuentro social, no están los 4000 habitantes de la isla, pero si una buena representación. Rito católico, mitad en español, mitad en rapa-nui, mujeres de rasgos polinesios con flores en el pelo, que aún recuerdan el único barco anual que llegaba a la isla en los años 60, antes de que el aeropuerto construido en los 70 pasara a traer vuelos 2 veces por semana. Chaquetas sobre los hombros y actitudes respetuosas, participativas, aún en medio del parloteo del grupo de turistas. Es curioso observar la vida tranquila de estas gentes ajenas al turismo. Casi ninguno de los isleños te molesta intentado venderte o pedirte algo. Si quieres comprar artesanía puedes hacerlo todos los días en el mercadillo cubierto situado enfrente de la Municipalidad de Hanga Roa.
También merece la pena una visita el pequeño museo local. El Museo Antropológico P. Sebastián Englert, que está situado en la parte alta de la capital y con vistas al océano y a la plataforma ceremonial de Ahu Tahai, nos permite conocer algo más de la cultura rapanui, además de contar con alguna curiosidades como el “ojo” del moai que se encontró en el Ahu Nau-Nau. Se trata del único ejemplar original de ojo que ha llegado hasta nosotros ya que el resto de los se pueden ver en la isla son copias que se colocaron durante su restauración. La parte blanca del ojo está hecha de coral blanco y el iris está tallado en escoria rojiza de origen volcánico aunque se cree que también podían estar realizados en obsidiana. Su hallazgo supuso la confirmación de que los moais tenían ojos y que estos eran colocados una vez el moai estaba ya sobre su ahu.
En estos días de febrero ha tenido lugar el festival Tapati, la mayor celebración de los rapanui. Suele empezar la primera semana de febrero y dura 10 días. Se realizan ceremonias ancestrales como por ejemplo la competencia Takona o tatuajes, a los que son tan aficionados todos los polinesios, o el descenso a gran velocidad por una colina de jóvenes sobre troncos de plátanos o Haka Pei, así como la elección de la reina de la isla.

Pasear, sentarse al borde del acantilado a ver romper las olas esperando la puesta de sol, y mirar con asombro desde la aldea Orongo, el efecto óptico de la curvatura de la esfera terrestre en el horizonte de ese océano inmenso, hace que te frotes los ojos, los cierres y al abrirlos de nuevo vislumbras esa ligera línea curvada, donde termina el agua…Una sonrisa aflora en los labios, el silencio, el infinito, el viento y el mar… El sol recorre muy rápido su último tramo y las sombras lo cubren todo, es hora de encender las velas y disfrutar de las danzas típicas que un grupo de aficionados de la isla ofrece en un local del centro. La luz, un día más, será la débil y tenue llama, pero no molesta, porque en la Isla de Pascua, una cena obligada a la luz de las velas, es el perfecto final para unos días de sueños hechos realidad.

jueves, 30 de julio de 2009

Israel Kamakawiwo'ole

Normalmente los mitos mueren jóvenes. Para la música occidental han sido casos conocidos los de Jim Morrison, Janis Joplin, John Lennon, Elvis Presley, Bob Marley o Curt Cobain.
Para la música de la Polinesia el 26 de junio de 1997 nacía un mito y moria con apenas 38 años, uno de los cantantes más respetados de todo el Pacifico Sur. El hawaiano Israel "Bruddah Iz" Kamakawiwo‘ole.
Para el resto del mundo se dio a conocer a raíz de la aparición de su versión de dos canciones de Judy Garland, las conocidas "Somewhere Over the Rainbow / What a Wonderful World" en varias películas y series de TV de Estados Unidos.

Tanto si lo conocíais como si no, disfrutadlo:






domingo, 7 de diciembre de 2008

Alójate en hoteles y... igana dinero!

Alójate en hoteles y... igana dinero!
Parece broma pero no lo es. Según informaba hace unas semanas PRNewswire, la web Tripr.tv simplemente por grabar un pequeño vídeo de tu habitación, con tus comentarios y envíarlo a este sitio web recibes un porcentaje de la comisión de reserva si esta se hace después de que el cliente haya visionado tu video.

martes, 16 de septiembre de 2008

Mapas de grandes viajes, desde Magallanes a Kerouac

La revista online californiana GOOD nos presenta esta interesante web sobre rutas viajeras.
Desde viajes imaginarios, como "La vuelta al mundo en 80 días", hasta la autopista panamericana, pasando por recorridos míticos como el Transiberiano, los viajes de Marco Polo o la Ruta de la Seda.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Feliz Año 2001

Etiopia es, sin duda, uno de los países más interesantes de África. Su historia, sus etnias, su religión y sus costumbres son, posiblemente, una de las más curiosas del continente negro.
Entre estas curiosidades encontramos que su calendario tiene 13 meses y que celebran el Año Nuevo o Enkutatash el 11 de septiembre de nuestro calendario (o 12 de septiembre si el año es bisiesto como es el caso de 2008), y al final de temporada de lluvias. Esta celebración no sólo es una fiesta religiosa si no también es el momento en que todo el mundo se divierte cantando y bailando. Enkutatash significa "regalo de joyas” y parece ser que conmemora el regreso de la Reina de Saba a Etiopía después de su visita al rey Salomón en Jerusalén.

El calendario etíope se basa en el calendario copto y tiene la particularidad de estar compuesto de trece meses. El año tiene 365 días pero cada cuatro años se añade un día más, con lo que nos encontramos con doce meses de 30 días y un decimotercer mes más llamado Pagumen de unos 5 días (6 si es año bisiesto) que son los últimos antes de fin de año.
El día 12 comenzará el año 2001, aunque casi todo el mundo lo celebrará el día 11. Los siete años y pico de diferencia entre nuestro calendario, el gregoriano, y el etíope son consecuencia de la diferente interpretación de la Biblia. Para ellos, el día del nacimiento de Cristo tuvo lugar 5500 años después de la creación del mundo que tuvo lugar hace 7500 años. Sin embargo, para la iglesia católica, Jesucristo nació 753 años después de la fundación de la de Roma.
Otra muestra de la curiosa forma que tienen los etíopes de medir el tiempo es que para ellos el día comienza cuando amanece, es decir, a las 7 de la mañana de nuestro horario, que para ellos es la 1 de la mañana. Resumiendo, si quedas con alguien a las 14 horas él acudirá a las 20 horas, es decir, las 8 de la tarde. Esto hay que tenerlo en cuenta si viajas allí y tratas con gente que no está acostumbrado al turista.

Por otro lado, el 27 de septiembre, o 28 de septiembre en los años bisiestos, tiene lugar otra celebración: el Meskel o "Meskal" o "Mesqel", o día de la Exaltación de la Cruz Verdadera y conmemora el hallazgo, en el siglo IV, de la Cruz en que fue crucificado Jesucristo. Fue hallada por la emperatriz Elena (Santa Elena), madre de Constantino el Grande. Según la tradición parte de ésta reliquia está enterrada en el monasterio Gishen Mariam en la región de Wollo (o Wello) al noreste del país.
Durante esta celebración, que tiene lugar desde hace 1600 años, se quema una gran hoguera(o Demera) con un gran árbol en el centro, ya que según la tradición la Reina Elena tuvo una revelación en un sueño. Soñó que debía hacer una hoguera y el humo le mostraría el lugar donde estaba enterrada la Cruz de Cristo.
En Addis Abeba, la capital, las celebraciones comienzan a primeras horas de la tarde con una procesión donde la gente porta antorchas y se dirige a Meskal Square. Miles de personas se reúnen en esta plaza para despedir la época de lluvias y dar la bienvenida a la primavera o "Tseday".

El Meskel es la segunda celebración más importante para los etíopes, la primera es el
Timket.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Intentan reabrir tren entre Damasco y La Meca

Según informa la agencia EFE, Siria está intentando recuperar una línea férrea que unía este país con Jordania y La Meca y Medina en Arabia Saudí. Esta infraestructura de más de 1300 kilómetros y pensada para facilitar la llegada de peregrinos a los lugares santos del Islam, fue terminada a comienzos del siglo XX pero la primera Guerra Mundial dejó fuera de juego a este tren. Curiosamente el famoso Lawrence de Arabia fue uno de los primero en dinamitar parte del trayecto.
Aunque varios han sido los intentos de ponerla de nuevo en marcha hasta ahora no había sido posible. Pero desde hace unos días los trenes han vuelto a circular entre Siria y Jordania.
El apoyo de Arabia Saudí hará que muy pronto se pueda llegar hasta La Meca, incluso para los viajeros extranjeros, si se cumplen las expectativas y se permite la entrada a turistas no musulmanes a este aislado país árabe.
En un futuro la idea es que la línea llegue a Yemen por el sur y por el norte conecte con Turquía.
¿Os imaginais cruzar toda la península arábiga en tren?
Más info: www.cfssyria.org

jueves, 4 de septiembre de 2008

Festival Gerewol de los Bororo


Sin duda el Festival Gerewol, que tiene lugar en Níger, es una de las celebraciones más curiosas de todo África. A finales de septiembre y coincidiendo con el final de las lluvias los Bororo, también conocidos como Wodaabe, se dirigen hacia el norte buscando los tan ansiados pastos tan escasos en esas latitudes cercanas al Sáhara. Durante diez días centenares de pastores nómadas se reúnen para arreglar matrimonios y propiciar pactos entre los diferentes clanes.
Pero lo que hace especial a esta celebración es que, al contrario que sucede en la mayoría de los casos, aquí son los hombres los que se arreglan e intentan “seducir” a las mujeres. De hecho, ya desde niños se les marca con cicatrices decorativas en la cara, sobre todo, en la nariz y frente, e incluso en algunos casos se altera la forma de pies y cabeza para hacerlos más bellos. Durante el Gerewol los protagonistas son ellos, los jóvenes Bororo.
Dentro de su cultura, la exaltación de la belleza y su reconocimiento es una parte importante de sus rituales. Para los Bororo, el hombre perfecto debe ser alto, delgado y con los músculos bien definidos. Además deben vestir con estilo y bailar bien. Y es en durante el Gerewol donde deben demostrar todo esto para poder elegir a la mujer que ellos quieran.

Para resaltar su belleza se decoran la cara con pigmentos y arcilla, para ellos con propiedades mágicas, debiendo lograr una simetría perfecta, ojos grandes y nariz larga y afilada. Para ello se pintan la cara con una base amarilla, luego pintan labios y ojos de negro para así resaltar el blanco de sus ojos y dientes. Después, y dependiendo del clan a que se pertenece se decora el resto de la cara con otros dibujos. Además se suelen rapar el pelo para así alargar sus frentes. Antes sus hermanas les han arreglado el pelo con complicadas trenzas y simetrías. Por último, se colocan un turbante rematado con una pluma de avestruz. Los jueces de esta especie de “concurso de belleza” masculino, son las mujeres de otro clan.
La prueba más importante son los bailes, llamados “yaake”, donde los jóvenes deben demostrar su presencia física, aplomo y sentido del ritmo, y la particular belleza de sus rasgos faciales. Antes de comenzar el baile se suelen tomar una bebida con propiedades psicotrópicas que les ayuda a realizar mejor su danza. Aquellos que superen esta prueba, al día siguiente volverán a bailar durante el Gerewol pero ahora pintados de rojo. Para los ajenos a esta cultura estos bailes y los gestos de su cara pueden resultar algo “afeminados”.
Esta celebración tiene lugar cada año en un lugar diferente del Sahel y suele duran una semana. Este año se plantarán los campamentos a finales de septiembre, alrededor del día 25, en InGall, pequeña población asentada al lado de un oasis y rodeado de un desierto salino, cercana a Agadés y al conocido desierto del Teneré, que durante estos días rebosa actividad y gentío.
También podremos asistir a carreras de camellos y de la presencia de algunos tuareg.

Curiosamente, durante este festival, las autoridades del país aprovechan para tratar temas con estos pastores nómadas ya que es la única época del año en que están localizables, pues algunos clanes recorren más de mil kilómetros para llegar hasta aquí.